Muy
buenas tardes, señoras y señores. Les agradezco que hayan decidido
acompañarnos en esta elegante tarde invernal. El invierno siempre es
acogedor e íntimo, si no lo estropea nadie, pero en esta ocasión no
es así, sino que a estas características hay que añadir la
elegancia de Rosa María Vilarroig, que la tiene en todas las
facetas, como poetisa, prosista, rapsoda… También es muy elegante,
ya lo han comprobado, Manuel Vélez, y yo les doy las gracias a los
dos, Rosa María y Manuel, por haber accedido a presentar mi libro.
No puedo olvidar la generosidad de la librería Argot, que nos ha
permitido celebrar el acto en este maravilloso local.
Aunque
ya lo han hecho ellos, y mucho mejor de lo que lo puedo hacer yo, he
de hablar un poco del libro. En él, como en el anterior, La del
alba, me refiero a las partes de mi biografía que pueden
resultar más interesantes. Y puesto que soy viejo, y además
aparecen antepasados míos, algunas de las cosas o costumbres pueden
ser totalmente desconocidas e incluso insospechadas para los jóvenes.
La memoria es muy importante y saber de dónde venimos resulta de
mucha utilidad.
Pero
antes de continuar, déjenme decirles algo. Yo podría haber sido
muchas cosas. ¿Por qué no compositor? Nunca lo podremos saber. Si
hubiera tenido una familia como cabía esperar… Solo tuve a mi
favor, y entonces no me daba cuenta, ni lo podía aprovechar, a mi
abuela paterna Rosario, que falleció cuando yo era un niño, mi tía
Virtudes, hermana de mi padre, que lo hizo en 1968, su fiel Teresa,
y mi hermano Miguel, que nació sin tiroides, con lo que estuvo
abocado a ser buena persona. Todos los demás, mis padres, mis
hermanos, el hermano y las hermanas de mi madre, pusieron todo su
arte y su empeño en hundirme emocionalmente. Se me cerraron de forma
caprichosa todos los caminos y desde la primera infancia me vi
encerrado en un laberinto muy desconcertante para mí. Conseguí
salir después de muchos decenios, pero ahora diré lo que quería.
He descubierto en la senectud que lo que realmente me habría llenado
es ser maestro, y de los alumnos más jóvenes. No para enseñar
matemáticas o geografía, que eso también, sino, fundamentalmente,
para que aprendieran, mediante el ejemplo, nociones como la nobleza,
la justicia, la rectitud, la benevolencia, etcétera. Que
comprendieran que un maestro nunca debe tenerle manía a un niño, o
niña, bajo ningún concepto, que siempre debe procurar lo mejor para
todos y que tampoco debe tener preferencias. Es fundamental que lo
vean a edades tempranas, por si no lo han visto en sus casas. Me
habría gustado ver que a lo largo del tiempo todos los alumnos se
fiaban de mí. Esto habría sido muy bonito.
Pasaré
ahora a contar algo del libro. En La del alba di cuenta de mis
penurias hasta que conseguí salir del laberinto, explicando cómo
conseguí hacer esto. Quedaba por contar, pues, lo que hice fuera de
él, añadiendo que la red de internet me ayudó mucho, pues fue la
ventana que se me abrió cuando tenía todas las puertas cerradas.
Una ventana que permitía volar, en el sentido metafórico de la
palabra, puesto que hice amistades en las más diversas partes del
mundo. Podía tener conversaciones largas, sobre las más diversas
cuestiones, con personas de ideologías distintas, lo que en aquellos
tiempos no era motivo para el distanciamiento.
Se
ha dicho que en estos dos libros míos se cuenta la historia de una
superación. He de agradecer todas las opiniones bienintencionadas
que se hacen de mis escritos. Una vez que están publicados ya no me
pertenecen y quienes los leen pueden ir más allá de lo que yo
pensaba al escribirlos. Pero antes de la superación está la
resistencia, que duró muchos más años y tuvo que empezar a una
edad muy tierna. Conseguí resistir a base de analizarlo todo. Empecé
a analizar siendo muy joven. No lo que me pasaba a mí, sino todo.
Quizá presentía que esa iba a ser mi tabla de salvación. Toda esa
resistencia, esa capacidad para soportar lo insoportable, esa fe en
que acabaría por ver la luz, sirvió como base para mi plena
recuperación posterior. Me comentó alguien que si no lo hubiera
contado no se habría dado cuenta de cómo fue mi vida. Ese es mi
mérito, le respondí. Muchos creen que he tenido una vida fácil y
regalada. Bueno, ahora ya no, pero antes de salir estos libros sí
que era la opinión predominante.
Yo
diría que tanto este libro como el anterior son optimistas, puesto
que dan fe de la capacidad de resistencia humana y de las
posibilidades que ofrece el pensamiento para conseguir la estabilidad
emocional. Se me intentó aniquilar
anímicamente,
logré resistir y luego pude encontrar la salida del laberinto,
aparentemente sin daños. Creo que de todo esto quienes lean
cualquiera de los dos libros, o los dos, puede extraer conclusiones y
aplicarlas a su conveniencia. Hay dos puntos clave. El primero es que
nunca perdí la fe en la humanidad, a pesar de que todo me incitaba a
que lo hiciera, pero al pensar en el asunto comprendí que yo formo
parte de ella, por tanto, no me convenía perder la fe en mí. Así
que pasara lo que pasara, me esforcé en mantener la fe, recordando a
personajes históricos, e incluso atribuyendo virtudes que luego
comprobé que no tenían, pero necesitaba tener en mi horizonte
personas dignas y que, por tanto, supieran respetar la dignidad
ajena. La humanidad se compone de gente considerada y respetuosa con
el prójimo. De hecho, Isabel Barceló dijo que La del alba
nos obliga a repasar nuestra propia conducta respecto a los demás; a
percatarnos de la ligereza con que a veces etiquetamos al prójimo.
La
otra decisión crucial que me ayudó a resistir consistió en
desestimar el odio. Sentía que la humanidad entera me odiaba y eso
era una realidad sin vuelta de hoja. La tentación consistía en
responder con odio al odio, pero no tuve más remedio que comprender
que yo también formo parte de la humanidad. Odiarla era odiarme a mi
mismo, lo cual es suicida. Así que erradiqué ese sentimiento de mí.
No aporta nada bueno a nadie, pero nadie lo puede ver con tanta
claridad como yo lo vi, porque no es lo mismo odiar a uno que hacerlo
a todos.
Y
ya sin más me despido de todos ustedes agradeciéndoles de nuevo su
asistencia al acto.
Esos libros míos