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sábado, 19 de mayo de 2018

El error de Arzalluz

Una parejita de enamorados, de los que se puede decir sin temor a equivocarse que son tal para cual, se va a vivir al campo. La vida rural atrae mucho según a quienes: ¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!
Pues ya tenemos convertidos en sabios a esos dos cantamañanas que tienen más cara que espalda. Mientras tanto, Rajoy, o quien tenga esa misión, está esperando que la gallina, o sea Torra, ponga los huevos y diga cocorocó para llevarlo esposado a la cárcel, pero a lo mejor no los pone y la espera es en vano. Con un lacito amarillo, que significa que de ahí no se atreve a pasar, cree que cumple. Pero todos estamos esperando más de él, un acto heroico, algo, cualquier cosa que pueda preocupar a Mariano, que está muy cómodo fumando un puro.
Arzalluz se equivocó al decir que la raza vascongada es heptamilenaria. Pudiendo haber dicho quince mil, ¿por qué se conformó con siete mil? ¿Qué tiene el prefijo hepta que le atrae tanto?
O quizá fuera Sabino Arana y no el exjesuita. Pero, ¿qué mas da un malasombra que otro? Arzalluz, Arana, más o menos metieron la misma basura en sus oquedades craneanas. Y por ahí anda también aquel otro sujeto que ha dedicado su vida, de forma primordial, a su peinado. Estas cosas las trae, sin duda, la raza. Los demás no lo podemos entender.
Al otro lado del charco, en los Estados Unidos, un tal Aaron, demostrando que todos los nacionalistas están mal de la cabeza, ha montado un jaleo tan tremendo que ha trascendido a todo el mundo. Ha oído hablar en español y se ha puesto hecho una furia, como si fuera un Santiago Espot cualquiera, una Rahola, una Carrere, alcaldesa del pueblo maldito de Andoáin.

jueves, 11 de febrero de 2010

3000 denuncias lingüísticas

La civilización no sobreviene por sí misma, de forma natural. Hay que conquistarla con esfuerzo y dedicación, sin olvidar que siempre hay fuerzas involutivas. Los nacionalismos con que contamos actualmente en España trabajan en esa dirección. Quienes diseñaron nuestra democracia les otorgaron más poder del moralmente les corresponde, y ellos lo utilizan todo y aún más.
Lo propio de los nacionalistas es presionar, controlar, vigilar, arrogarse el derecho a decir quién es buen ciudadano. En este sentido, Santiago Espot, presidente de Catalunya Acció, presume de haber presentado 3000 denuncias lingüísticas durante 2009. Vienen a ser más de ocho diarias. Un entretenimiento como cualquier otro. En tiempo de crisis, cuando se vende mucho menos que antes, una denuncia de estas viene a ser un contratiempo grande. El número de denuncias es importante, porque demuestra la acogida que tiene la ley. Viene a señalar que muchos la habrán cumplido a regañadientes, y sobre todo sabiendo cómo las gastan los nacionalistas.
El tal Santiago Espot hace del vicio de chivarse, que promueve el propio José Montilla, virtud, al recalcar que la suya es una organización no subvencionada, porque otras organizaciones que podría haberlo hecho se han abstenido por si perdían la subvención por ello. Es decir, el miedo se impone. Miedo a la denuncia, temor a perder la subvención, espanto al sospechar que un posible cliente pueda ser un chivato. Si en lugar de saludar a quien entra en la tienda en catalán, como exige Jordi Pujol, se hace en castellano, ¿qué serie de desgracias puede ocurrirle a la tienda? A los nacionalistas esto les parece correcto, incluso pueden tildar de antidemocráticas las protestas sobre el particular. Los nacionalistas tienen una “verdad” que imponer al mundo, una misión que cumplir, una meta por cuya consecución merece la pena convertirse en chivatos, ofender a quienes se les opongan.