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domingo, 16 de abril de 2017

A Puigdemont le inspira la cebada

A nadie le debe de extrañar, por otra parte, que la visión de un campo de cebada despierte en el actual presidente de Cataluña, conviene tener presente este dato, despierte sus afanes poéticos.

Que a la cebada la llame trigo puede deberse a que está acostumbrado a dar a las cosas los nombres que le da la gana, a tergiversar, mentir o inventar. La cara de pillastre que tiene lo explica todo.
Que no tenga ni repajolera idea de si es trigo, cebada, arroz o centeno, también cabe dentro de lo posible. ¿Qué más le da a él que sea lo que sea? Lo que importa es que el campo le ha conmovido, quizá pasaba por ahí a la hora de comer, o a cualquier hora en la que le apeteciera comer.
Puede que supiera perfectamente que eso es cebada, pero que la haya llamado trigo para no dar pistas sobre sus gustos. O que se haya dado cuenta de que la palabra trigo, y su derivada trigal, son muy poéticas, aunque haya puesto el nombre en catalán.
Su vena poética da miedo, es verdad. Eso del tiempo de la siega dicho de forma metafórica. Pobres de los que caigan en manos de este pillastre que juega a poeta.
También cabe pensar que su olfato le haga creer que la cárcel huele a cebada, dada su obsesión por entrar en ella, a pesar de que a Rajoy no le hace ninguna ilusión verlo allí, tampoco al resto de los catalufos, y se hace el bobo cada vez que da motivos para que lo encierren. Pero dado el interés que pone Puigdemont en el asunto, acaso por ese presunto olor a cebada, se puede esperar que acabe consiguiendo sus propósitos. Y también que con ello se extingan sus derechos sobre la fabulosa pensión que se ha procurado.


martes, 11 de septiembre de 2007

La paellera

Quien ose poner una paellera al fuego es probable es que reciba una bofetada que le quite cualquier intención de repetir. Y es que una paellera es algo que no existe, pero forzando la imaginación podría ser, como mucho, la señora que guisa la paella. Tampoco existe la palabra paellero. El diccionario de la RACV está a disposición de quien lo quiera comprobar. Se viene utilizando, a falta de una mejor, para designar tanto el lugar hecho ex profeso para guisar paellas, como al señor que la cocina. Y es que la prudencia más elemental invita a no sacar conclusiones a partir de algo que se desconoce. Pero la gente osada desconoce la virtud de la prudencia y si a la osadía se le unen la pereza y el mal gusto, ya tenemos la paellera en danza. En danza y en el DRAE. Todo empieza al pensar que si lo que se está comiendo es paella, la lógica dice que el recipiente en el que se ha guisado no puede sino llamarse paellera. El error consiste en que el plato conocido como paella, en realidad, no tiene nombre. Paella es el vocablo valenciano que designa a la sartén. Ello significa que el equivalente de paellera en castellano es sartenera. Acaso, en tiempos pasados el universal plato valenciano se llamó “arròs en paella” (arroz en sartén) y de ahí pasara a ser conocido simplemente como paella. La cosa funcionó bien, sin equívocos lingüísticos ni culinarios, mientras el plato fue principalmente cosa de valencianos. En la Comunidad Valenciana no es infrecuente que se pida, aunque se esté hablando en castellano, la paella para freír un huevo, unos salmonetes o lo que se tercie. Cuando el plato ha cobrado fama y se ha expandido por el mundo ya no sólo se llama paellera a la paella, sino que se echa tocino, vaca o habas al arroz. Luego, llega un turista a Valencia, le sirven una paella auténtica, de las que harían morirse de gusto a la Narbona o la Salgado, y se queja de que le han timado porque no le han puesto percebes. ¿Y de qué nos hemos de quejar los valencianos?