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lunes, 21 de marzo de 2016

El odio a la Semana Santa

En tiempos pasados había que celebrar la Semana Santa por obligación y casi por decreto. En esa época se podía entender, y hasta aplaudir, que se organizaran de forma paralela algunas celebraciones irreverentes.
En la actualidad las cosas han cambiado mucho. Vivimos en democracia y aunque haya pocos demócratas entre nosotros y muchas de las propuestas que se hacen para mejorar nuestra calidad democrática van claramente en sentido contrario, porque quienes proponen esos cambios son de índole dictatorial, en este terreno es obvio que actualmente las celebraciones de la Semana Santa se corresponden con el deseo mayoritario de los españoles.
Ya no hay esa obligatoriedad de antaño, las televisiones emiten lo que quieren y en los cines se proyectan todo tipo de películas.
Organizar en estas condiciones una procesión irreverente es una broma de mal gusto e incluso algo peor: una ofensa gratuita a quienes no hacen ningún daño a nadie por tener determinadas creencias.
Conviene dejar sentados los pormenores, porque algunos van a la caza de excusas para dar rienda suelta a su odio.
Este sentimiento tan negativo y pernicioso, que antes se procuraba esconder, anda libre en nuestro mundo de hoy. El truco del que se sirven quienes lo muestran consiste en relatar una larga serie de injusticias, habituales en nuestro mundo desde la más remota antigüedad, y señalar unos supuestos culpables. Se presentan como si fueran a solucionar esas injusticias, obviando que ningún sistema, ni ninguna persona lo ha conseguido antes.
También callan que el principal motivo por el que se dan tantas injusticias es el odio imperante en nuestra sociedad. Odio que ellos, al contrario de lo que hacen otros, no esconden. Pero ese odio, oculto o mostrado, es el principal causante. Así que mal pueden arreglar algo de lo que son la causa.
Uno de los requisitos para arreglar el mundo es el respeto al prójimo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Lo de la multiculturalidad

Aparentemente, no debería ser muy difícil que personas con distintas creencias religiosas, ateos y agnósticos convivan entre sí. En la práctica viene a ser como meter varios gallos en el mismo corral. Lo que viene a demostrar que, en realidad, la lucha es por el poder.
Sin embargo, se trata de un asunto que tarde o temprano habrá que resolver, por cuyo motivo lo conveniente sería abordarlo cuanto antes. La única manera de conseguir la convivencia civilizada entre todos consiste en establecer de forma clara y rotunda que el ámbito de las religiones es el espiritual y que fuera de ahí no se les admite. Se ha de llegar a un punto en que la tolerancia con el Islam será recíproca o no será. Habrá que exigir a los gobernantes islámicos que admitan la libertad religiosa en sus países, sin cuyo requisito no se deberían autorizar las mezquitas en los occidentales.
Los residentes en los países democráticos deberían saber, de forma clara y taxativa, que ningún líder religioso puede dar órdenes que contradigan las leyes del país en el que viven. Es bajo un Estado inequívocamente laico como se puede dar la hermandad entre creyentes y no creyentes. Cuando la religión se mezcla con el poder puede surgir algo tan terrible como la diabólica Inquisición de antaño. En nuestros días ya se ve de lo que son capaces los líderes religiosos islamistas.
Los sentimientos son claramente manipulables, como sabe la legión de manipuladores que pulula por el mundo. Los sentimientos, además, pertenecen al ámbito de lo privado y, salvo que sea estrictamente necesario, no deberían salir a relucir. Las creencias se mezclan con los sentimientos y con mucha frecuencia se imponen a la razón, lo que no deja de ser una sinrazón. Lo más noble que pueden hacer los líderes de cualquier sector de la vida humana es dirigirse a la razón de las personas y no excitar el interés o manipular los sentimientos. La multiculturalidad sólo puede darse en un entorno civilizado, con unas reglas de juego claras.

'Los más duros de la historia'
'Felipe V'
'Tauroética'
'Fábulas contadas a los niños'
'Espejismos'
'Hablar sin palabras'
'Los tiburones han muerto'
'El Cid contado a los niños'