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lunes, 28 de noviembre de 2016

Como si tuvieran vocación de psicópata

No todos los canallas son psicópatas, ni mucho menos, y quizá quienes sí lo son tengan menos culpa, porque a fin de cuentas son diferentes a los demás. No obstante, la sociedad debería protegerse mejor de los psicópatas, pero esta es otra cuestión.
El caso es que a los psicópatas no les conmueve el sufrimiento de los demás, ni les importa la situación en que se encuentren. Enfocan todos sus actos con vistas a proporcionarse placer, y entre las cosas que se lo proporcionan están la manipulación de otras personas, el sometimiento de éstas, y todo lo que tenga que ver con el poder. Es decir, procuran organizarse el mundo de modo que gire alrededor de ellos.
Y ahora, en la muerte de un dictador sanguinario, que respondía al nombre de Fidel Castro, abundan las personas que parecen reunir las características citadas anteriormente. Manipulan, manipulan mucho las cosas, obviando lo más importante de todo, que es la realidad. Según dicen, da la impresión de que el atroz personaje fue en realidad un beatífico ser, lleno de buenos sentimientos y amor al prójimo. Como si hubiera sido un hombre capaz de sacrificarse más allá de lo prudente en beneficio de los demás. Y quienes pretenden que nos traguemos estas ruedas de molino lo dicen de modo airado, desafiante e incluso amenazante.
Estas personas tan sectarias, que pretenden hacernos creer que los burros vuelan, se muestran incapaces de ponerse en el lugar de todos los damnificados por ese tirano sanguinario, pero, en cambio, dicen que les importa el dolor de las víctimas de Pinochet. No señor. Se sirven de ellas para atacar a los que consideran sus rivales. Quienes no se compadecen de las víctimas de los Castro tampoco se pueden compadecer de las de nadie. Quienes abrazan la causa del sectarismo deberían saber que tiene peajes.


jueves, 29 de diciembre de 2011

De lo que nunca se curará Hugo Chávez

Es sabido que hay dolencias que no tienen cura. Tan es así que hasta las hay que ni siquiera figuran en los manuales médicos. Así, por ejemplo, la verborrea estúpida de Hugo Chávez. Pero el problema no es que este hombre sea un loco peligroso, es que hay gente que le otorga crédito y lo hace por la sencilla razón de que se ha puesto la etiqueta de izquierdista.
No se entendería de otro modo que personas cultas y sensibles sean capaces de defender los horrendos discursos de este energúmeno. Es lógico que gusten a personas tan zafias como él, pero produce desazón comprobar que personas que continuamente demuestran su sensibilidad y buen gusto sean capaces de digerir sin pestañear sus deposiciones. Claro que saben que lo que dice es nauseabundo, pero sus inteligencias les permiten encontrar coartadas y motivos para lo que hace y dice.
Es triste, claro, que no haya un deseo universal de ecuanimidad y se juzguen las cosas según los intereses o conveniencias de cada uno. Así, quien abomina de Pinochet es capaz de encontrar motivos para admirar a Castro y Chávez, las dos caras de la misma moneda. Se repudia una brutalidad, pero se admite otra, de modo que la brutalidad siempre está entre nosotros, porque también los hay que repudian a Castro, pero añoran a Pinochet.
El último, por el momento, motivo de risa, o de pena, que ha dado el energúmeno que rige los destinos de los venezolanos ha consistido en culpar a Estados Unidos de las dolencias oncológicas de algunos mandatarios sudamericanos. Y tiene que haberlo hecho sin consultar a los propios médicos venezolanos. La piensa y la suelta. Con todo el desparpajo que sus admiradores le permiten. Si reaccionaran como deben a Hugo Chávez no le quedaría más remedio que intentar disimular su estupidez. Porque curársela es imposible.

'Zero'
'Cuentos nevados de Phil y Maya'
'El Conde Lucanor'
'Contra el insulto'
'Milagros de Nuestra Señora contados a los niños'
'El hombre que quiso entrar en Auschwitz'
'La estrategia de los antílopes'
'Pedro I el Cruel'


jueves, 14 de diciembre de 2006

Augusto Pinochet Molina

A los militares cabe exigírseles, en mayor medida que a otros grupos humanos, que conozcan el alcance de sus actos y las consecuencas que se pueden derivar de los mismos. El nieto de Pinochet podría haber renunciado a su condición de militar y como civil haber expresado su parecer. Eso no significa que su discurso sea correcto, pero al menos hubiera sido entendible y disculpable que defendiera a su abuelo. Hacerlo como militar y en el momento señalado constituye una traición al ejército y a su país. Y una demostración de su falta de temperamento militar. No ser capaz de contener su propio impulso es una clara muestra de inmadurez. Asusta pensar que estas personas tengan otras a su mando en acción de guerra.
Lo mismo podríamos decir de los militares españoles que participaron en el golpe del 23 F. Demostraron que no eran capaces de calcular ni de predecir adónde les iba a llevar su osadía. Aparte de demostrar su poco respeto hacia las leyes y hacia los ciudadanos que les pagan sus sueldos. Enviados a alguna acción militar, sus posibilidades de fracaso eran muy grandes. Qué lejano parece el día en que no sean necesarios los ejércitos.