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lunes, 24 de septiembre de 2018

Espada y los francotiradores

No es santo de mi devoción Espada y no me extrañaría que tampoco lo fuera, y por los mismos motivos que en mi caso, de Carlos Martínez Gorriarán. Tsevan Rabtan explicó algunas de sus características personales y basándome en esto puedo añadir que tampoco es de mi interés.
Ahora bien, una persona que se precie ha de darle la razón a quien la tiene, sea quien sea, y en el caso por el que los francotiradores, amparados en el anonimato y parapetados tras las almenas han dado en dispararle a discreción la razón es toda de Espada.
El propio Tsevan Rabtan ha traducido al lenguaje políticamente correcto, pero sobre todo para que la entienda todo el mundo, la frase con la que los de siempre pretenden hacer sangre. Creo que ha hecho un esfuerzo innecesario, porque incluso, y aunque parezca difícil de creer, el propio Rufián entiende que lo que quiso decir el articulista es que a ese no se le puede tomar en serio.
Encima algunos, en su intento de ofender, ¡vaya ignorancia!, han celebrado la respuesta de Rufián tildándola de irónica.
Los enemiguitos surgen siempre que vislumbran la posibilidad de ajustar cuentas, aunque sea cogiendo el rábano por las hojas, atendiendo únicamente a la literalidad de lo escrito, aunque lo que se haya querido decir con ello sea obvio y no tenga nada que ver con las acusaciones que se propagan.
Hay personas moralmente enfermizas que precisan de ocasiones como esta para dar rienda suelta a su afición a lapidar, a su necesidad de condenar al impuro, para así sofocar sus propios sentimientos de culpa, su íntima convicción de que en realidad no valen ni para tacos de escopeta, como se decía antiguamente.
Quienes logran conservar la cabeza sobre sus hombros y la capacidad de discernir saben perfectamente que Rufián merece su apellido y que por el camino que lleva cuando haya desaparecido se podrá decir de él que no ha aportado nada bueno a la humanidad.

viernes, 20 de julio de 2018

Llarena ha hecho bien

Según algunos, como Tsevan Rabtan pongamos por caso, se ha equivocado. Pero es que este abogado ve el asunto como si España fuera su cliente y tuviera que recomendarle la mejor opción de entre las posibles.
Pero ese no es el caso, sino que lo que hay que considerar es que España forma parte de una comunidad y algunos de sus socios han incumplido sus compromisos. Ha hecho, pues, muy bien el juez Llarena en airear esta deslealtad y poner en relieve la realidad de la Unión Europea.
Como ha explicado el señor juez, que ha dado una lección a sus homólogos europeos, la constante en todos los casos ha sido el quebrantamiento de los compromisos contraídos, pero luego cada una de las naciones se ha servido de un pretexto diferente o ha usado una táctica distinta, todas ellas siempre ofensivas para España, para llevar a cabo su felonía. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte. Ahora se entiende que la Unión Europea avance tan lentamente. Lo único que la salva es que es una necesidad y lo que señala Llarena debería servir para que los gobiernos de esos países hicieran examen de conciencia y reconocieran que no se han esforzado lo suficiente en su construcción.
Es una vergüenza para esos países, Alemania, Bélgica…, lo ocurrido.
En España hay cenutrios, Jordi Évole, Mónica Oltra y otros, que lo han entendido al revés, porque seguramente tienen el cerebro mal colocado, lo que debía ir delante detrás, o quizá en posición invertida, lo de arriba debajo.
El diario El País, por su parte, últimamente tiende a parecerse a su competidor Público y dado ese intento lo mejor es no fiarse mucho. Basta con leer a cuatro o cinco de sus firmas, no muchas más, y desentenderse de su línea editorial y también, por supuesto, de lo que dice acerca de la decisión de Llarena.