Mostrando entradas con la etiqueta Príncipe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Príncipe. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de junio de 2014

Cercas, el Rey y la democracia

Escribió Javier Cercas un artículo titulado Sin el Rey no habría democracia con cuya afirmación no estoy de acuerdo. Sí lo estoy con la intención del artículo de destacar los aspectos positivos del reinado de Juan Carlos I, con los cuales pretende salir al paso de las pretensiones de algunos aventureros descerebrados.
En el libro 1978. El año en que España cambió de piel aparecen algunos detalles de como la democracia llegó a España. Pero no hay que estrujarse mucho el cerebro para comprender que no había nadie en España capaz de gobernar como lo venía haciendo Franco. Para el entonces Príncipe era imposible plantearse la idea de manipular a los distintos poderes fácticos del momento para que hubiera un aparente equilibrio entre ellos y mantener el poder sobre todos. Franco había alcanzado mucha pericia en este menester, pero ni él mismo hubiera logrado mantenerlo durante diez años más.
También se vio muy pronto que la gente quería democracia y no estaba dispuesta a ir a ninguna guerra.
No obstante esa predisposición del pueblo español, Adolfo Suárez tuvo que echar mano de todas sus cualidades, que ya se vio que eran muchas, aunque tardaron en reconocérsele, para llevar a cabo la Transición. Las resistencias que encontró fueron muchas, pero tuvo que llevarlas a cabo casi en solitario porque quienes debían ayudarle no se daban cuenta de nada. Estaban embebidos en su papel histórico, palpándose su importancia todo el tiempo. Adolfo Suárez murió sin saber que aquéllos habían reconocido su error. Se lo merecen.
¿Y qué hubiera pasado sin el Rey o Adolfo Suárez? Ese el arte adivinatorio que les va a muchos, pero entre los que no me encuentro. Sin embargo, hay que partir de las evidencias citadas anteriormente: los españoles no querían guerra y anhelaban la democracia. En lugar de mirar cómo hacía las cosas Suárez y de darle prisa, hubieran tenido que hacer el trabajo entre todos los políticos que se asomaron al primer plano de la actualidad.

lunes, 3 de marzo de 2014

Marine Le Pen y el sentido común

Es un lugar común que cuando alguien quiere dar validez a sus tesis las asocie al sentido común, que es el menos común de los sentidos. Cuando a unas personas les parece que algo es de sentido común a otras les parece lo contrario. De modo que una cosa de sentido común, e incluso de inteligencia, es no referirse al sentido común y dejar que sean los demás quienes lo cataloguen o no como tal.
Marine Le Pen es una nacionalista, o sea, una cosa como Urcullu o Mas, pero en francés. Dentro de la lógica de los nacionalistas lo que dice tiene base. Pero el nacionalismo es una doctrina horrible, basada en el odio. Baste recordar la actitud de Artur Mas con el patán que le montó un numerito al Príncipe de España, con la colaboración de éste. Mas demostró, una vez más, que no tiene principios ni educación. Por parte de Urcullu, la postura que mantiene ante los llamados eufemísticamente verificadores, puesto que en realidad son intermediarios de Eta, lo dice todo.
Marine Le Pen es una nacionalista enmascarada y eso la sitúa en la ultraderecha, aunque esta catalogación la moleste.
Los puntos programáticos que defiende pueden resultar muy atractivos para las gentes desinformadas, que quizá piensen que están al alcance de la mano. Son, por lo general, imposibles de cumplir, además de muy egoístas (cosa que da muchos votos) y vienen a ser como la zanahoria atada al palo: el burro no la puede alcanzar nunca, pero como no lo sabe no para de andar.
Los consejos que da a los españoles son para echar a correr. Si la gente le hiciera caso, la catástrofe llegaría de forma inevitable y rápida. Los españoles no deberíamos votar a los patriotas, sino a los políticos más honrados, mejor preparados, más inteligentes y menos egoístas.