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martes, 7 de octubre de 2014

Ana Mato debería dimitir

Es el mejor favor que podría hacer a su partido y a España. Lo difícil es que ella se dé cuenta de eso. En mi opinión, hizo muy bien en traer a España a los dos religiosos infectados. Podía hacerse con un riesgo mínimo y había posibilidad de que en nuestro país se curaran.
Lo que ocurre es que todo parece indicar que se dio al protocolo como seguro y se pensó que era imposible que se cometieran errores, y este modo de pensar es propio de gente frívola e incompetente.
El ministerio debió poner los máximos medios para evitar que se produjera un error y, a pesar de ello y como aditamento, prever que pudiera ocurrir. No habría estado de más que todo el personal que estuvo en contacto con los enfermos hubiera sido objeto de una vigilancia especial durante el tiempo que se considerara necesario.
El nuevo caso detectado no debería haber pillado a nadie por sorpresa, como ha ocurrido, y debería haber sido tratado de inmediato. En cambio, se ha tardado varios días en descubrirlo y lo peor de todo es que lo ha sido por la insistencia de la persona infectada y no porque el ministerio fuera previsor.
La improvisación ha hecho acto de presencia nuevamente y el gasto que habrá que hacer ahora, suponiendo que el ébola no se cobre ninguna nueva víctima, será mucho mayor que el que habría habido que hacer si hubieran seguido los procedimientos adecuados.
Para el presidente del gobierno es una papeleta muy fea tener que destituir a la ministra. Es como darle un certificado de incompetencia. Sería un baldón que le acompañaría a ella toda la vida.
En cambio, si la propia ministra adoptara la decisión de dimitir, su gesto habría que considerarlo un acto de responsabilidad, un modo de pedir perdón a los ciudadanos por su descuido, y un gesto de compañerismo con sus compañeros de partido, puesto que les ahorraría muchas críticas.
 

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La lotería

Hace algunos años toco el gordo de navidad en un barrio cercano al mío; en vísperas del siguiente sorteo pasaron por el lugar las cámaras de televisión para pulsar el ambiente un año después; dijo una de las entrevistadas que el año anterior no había comprado y como consecuencia no le había tocado el gordo, como a todas sus amigas; ¡ah!, pero este año no me va a ocurrir, porque estoy comprando como una loca, terminó diciendo.
Mi fervor por la lotería no llega a esos extremos, quizá porque siempre que he tenido una sorpresa agradable, ha sido, como su propio nombre indica, cuando no la esperaba. También sufro desengaños, pero con esos ya cuento de antemano, o sea, no con unos concretos, sino con un porcentaje razonable. Si uno juega a la lotería de forma compulsiva “espera” que le toque, cosa que a veces sucede, pero con muy escasa frecuencia. Este año, por ejemplo, sólo he jugado un número a la lotería de navidad, pero no es porque yo lo haya comprado, sino porque me ha llegado por correo. La cuestión es que no recuerdo dónde lo guardé y ahora no sé si me devuelven el dinero o no. Pero tampoco es importante, si hubiera tocado algo ya lo sabría. Tuve el gordo en la mano en la mano en dos ocasiones, o sea que me ofrecieron dos veces, en años diferentes, el que luego iba a tocar, y cabe la posibilidad de que vuelva a ocurrir, porque yo no lamenté no haberlo comprado. Si tuviera que comprar todos los que me ofrecen ya estaría en la ruina desde hace mucho. Juego algo, de vez en cuando, pero luego miro los resultados muchos días después, no por nada, sino porque se me olvida. Sé que al Estado le interesa que juguemos, pero lo que nos interesa a los ciudadanos es que el Estado recaude lo que tiene que recaudar y que luego no malgaste nada. Con ello, habría mucho menos paro y se arruinaría menos gente jugando a la lotería.