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miércoles, 23 de diciembre de 2009

La lotería

Hace algunos años toco el gordo de navidad en un barrio cercano al mío; en vísperas del siguiente sorteo pasaron por el lugar las cámaras de televisión para pulsar el ambiente un año después; dijo una de las entrevistadas que el año anterior no había comprado y como consecuencia no le había tocado el gordo, como a todas sus amigas; ¡ah!, pero este año no me va a ocurrir, porque estoy comprando como una loca, terminó diciendo.
Mi fervor por la lotería no llega a esos extremos, quizá porque siempre que he tenido una sorpresa agradable, ha sido, como su propio nombre indica, cuando no la esperaba. También sufro desengaños, pero con esos ya cuento de antemano, o sea, no con unos concretos, sino con un porcentaje razonable. Si uno juega a la lotería de forma compulsiva “espera” que le toque, cosa que a veces sucede, pero con muy escasa frecuencia. Este año, por ejemplo, sólo he jugado un número a la lotería de navidad, pero no es porque yo lo haya comprado, sino porque me ha llegado por correo. La cuestión es que no recuerdo dónde lo guardé y ahora no sé si me devuelven el dinero o no. Pero tampoco es importante, si hubiera tocado algo ya lo sabría. Tuve el gordo en la mano en la mano en dos ocasiones, o sea que me ofrecieron dos veces, en años diferentes, el que luego iba a tocar, y cabe la posibilidad de que vuelva a ocurrir, porque yo no lamenté no haberlo comprado. Si tuviera que comprar todos los que me ofrecen ya estaría en la ruina desde hace mucho. Juego algo, de vez en cuando, pero luego miro los resultados muchos días después, no por nada, sino porque se me olvida. Sé que al Estado le interesa que juguemos, pero lo que nos interesa a los ciudadanos es que el Estado recaude lo que tiene que recaudar y que luego no malgaste nada. Con ello, habría mucho menos paro y se arruinaría menos gente jugando a la lotería.

sábado, 3 de octubre de 2009

No pudo ser

Al final no ha podido ser y Madrid se ha quedado a las puertas, al haber sido elegida Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos de 2016. El modo en que se hace la elección es singular e impredecible, de modo que no cabe hablar de fracaso, puesto que se hizo todo lo que se podía hacer.
Hay otros asuntos paralelos a este, como el de la candidatura de Barcelona de hace unos años, que contó con la simpatía de toda España. En cambio, la de Madrid ha suscitado algunos rechazos y burlas. Hubo un tiempo en el que quienes no eran señores intentaban parecerlo. En la actualidad no es que no se esconde la malasombra, es que exhibe con total impudicia, e incluso da votos. Habla pueblo, habla, se decía años atrás; pero para las cosas que tienen que decir algunos más valdría que callaran, no por miedo a la policía, sino por esa cosa tan olvidada que se llama vergüenza.
Alberto Ruiz Gallardón es uno de esos seres que siempre se quedan a las puertas de todo, y a lo mejor llora. Quizá porque no se da cuenta de que para llegar hasta ahí hace falta mucha suerte y estando en esa situación aún puede tener más. Si Madrid hubiera sido la elegida hubiera visto más cerca la posibilidad de llegar a la presidencia de la nación. Curioso el extremo al que han llegado las cosas. Ya no se ve llegar al gobierno, llegar a la RAE, llegar al CGPJ como una responsabilidad, sino como un premio. Algunos lloran al lograrlo. Se conoce que ya no piensan en la magnitud de la tarea que asumen, sino que su discurso va por otro camino: si fulano, mengano y zutano han llegado, yo también puedo. Los demás países salen de la crisis y España no, a la RAE le cuelan todos los palabros que quieren, nadie se fía de la justicia.
Pero esperemos que Madrid consiga los JJ.OO. 2020. Se lo merece. En eso deberíamos estar todos de acuerdo.
'La isla bajo el mar'

miércoles, 1 de abril de 2009

Un filósofo peruano

Buscando otra cosa en la red, fui a dar con el blog de Gonzalo Portocarrero. En apenas cuatro líneas resume su biografía, para concluir con estas palabras: He tenido suerte en la vida. Todos podemos decir lo mismo, para ello no hay más que recordar que cuando todo va mal, todavía podría ir peor. No es frecuente, de todos modos, encontrar gente que lo reconozca espontáneamente.
Quien hace esta afirmación es porque sabe valorar las cosas y cuida y mima lo que tiene. Alguien que sabe vivir la vida y saborear aquellas cosas que le ofrece. De ahí a la felicidad (si fuera posible), un paso. Por el contrario, abundan quienes teniendo mucho dinero, tanto que no sabrían que hacer con él si se les prohibiera no hacer otra cosa que fuera disfrutarlo, no se conforman y quieren más y más, y en su afán no les importa arriesgar más de la cuenta y con ello poner en peligro la subsistencia de otros.
Tampoco faltan quienes sin tener mucho tienen lo suficiente para vivir una vida sosegada, disfrutando de las cosas y sin embargo buscan actividades de riesgo, que les proporcionen emociones fuertes, o se embarcan en aventuras financieras azarosas. Hay quienes nunca están conformes con nada y buscan solucionar sus carencias de un modo que es difícil que lleve a buen puerto.
Quienes no saben encontrar la paz dentro de sí, quienes a causa de sus zozobras internas buscan incesantemente chivos expiatorios, en quienes de su incapacidad, son los que en modo alguno pueden decir que han tenido suerte, entre otras cosas porque no la saben buscar.
Y quien reconoce que tiene suerte, si lo dice sinceramente, como se desprende de su blog en este caso, merece la confianza ajena, porque no cabe ninguna duda de que, al igual que sabe valorar las cosas que tiene, sabrá hacer lo mismo con la dignidad del prójimo.