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lunes, 17 de agosto de 2015

Cornada en el pecho

Cuesta entender que a estas alturas de la historia persista la fiesta de los toros en la calle. O sea, es difícil de entender si se piensa racionalmente en el asunto, porque si uno se atiene a la realidad ésta es que hay mucha gente dispuesta a arriesgar la vida tontamente y también hay bastante dispuesta a contemplarlo.
En el libro 'Valencia, su Mercado Central y otras debilidades' doy noticia de dos señores, con sus nombres completos, que arriesgaron sus vidas por algo que merece la pena. Vivir es un riesgo y no sólo eso, sino que en muchas ocasiones las circunstancias obligan a correr otros riesgos que no estaban previstos y no todos se atreven. Correrlos gratuitamente es una estupidez. En los colegios debería explicarse a los niños que hacer burradas no nos convierte en más personas, sino en más burros.
Los toreros profesionales cobran por arriesgar su vida, aparte de que tienen un quirófano preparado, por si acaso. Cobran, saben mucho de toros, porque se pasan la vida estudiándolos y lo que hacen es artístico. A pesar de todo eso, tampoco se entiende a los espectadores de las corridas, porque si se les quitaran los cuernos a los toros no irían. O sea, que lo que ejerce atracción sobre ellos es el riesgo que corren los matadores.
En el caso de los toros en la calle, incluidos los sanfermines en este apartado, no hay arte, sólo riesgo estúpido, muchas veces fanfarronería vana y bastante deshumanización.
Lo humano consiste en utilizar el cerebro y utilizarlo de forma racional, o sea, preguntándose cosas. Lo otro, utilizarlo para conseguir objetivos, es una derivada, a veces no muy limpia.
No utilizar el cerebro y dar rienda suelta a los instintos, las emociones, los sentimientos, no es humano. Es el cerebro el que ha de decidir a qué instintos, qué emociones, o qué sentimientos se les da rienda suelta.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Episodio en una peluquería

Realmente, no ha ocurrido en una peluquería cualquiera, sino en la que voy desde hace decenios, no años. Mi peluquero me ha podido atender hoy, tiene una agenda en la que es difícil encontrar hueco.
Una de sus características, y no se si lo hace con todos, es que cuando me lava el cabello parece que quiera lavarme el cerebro, por el empeño que pone en clavar sus dedos hasta lo más hondo. Puede que quiera hacer gimnasia de dedos, conmigo que se lo aguanto, o quizá que piense que mi cuero cabelludo precisa ser estimulado. Esto último sería una buena metáfora de nuestra casta política, que se gasta todo el dinero de los contribuyentes y luego les hace daño y, tanto una cosa como la otra, por el bien de los contribuyentes.
Ya se sabe que en España los ricos no contribuyen, o contribuyen poco.
El episodio tampoco ha transcurrido en la peluquería. Al llegar me he encontrado allí al anterior dueño, que se jubiló hace dos o tres años y con el que he bromeado un poco pidiéndole que me corte el pelo, porque su discípulo, que se reía, no sabe.
El anterior dueño y yo nos hemos ido al bar y me ha contado que estando de visita en la peluquería, al poco de jubilarse, apareció por allí un inspector que lo amenazó con quitarle la pensión y ponerle una multa de unos cuantos miles de euros si lo veía con las tijeras en las manos. Ya sólo le corto el pelo a mi hijo, le dijo él. Pero hágalo en su casa, le respondió el inspector.
Y esa es la cuestión, el inspector le dijo todo eso sin venir a cuento en el simple ejercicio de su papel como Autoridad.
En España, un pobre está muy controlado y le puede caer la gorda si da un paso en falso y le pillan. El grueso del fraude fiscal está en las clases pudientes.

'Los penúltimos días'
'Pícaros, ninfas y rufianes'
'Los desorientados'
'Anécdotas de la Historia'
'La Biblia contada a los niños'
'¿Estás bien?'
'Imagino historias fantásticas'
'Las fabulosas aventuras del caballero Zifar'

martes, 27 de septiembre de 2011

Está en Patente de corso

Los hay que no es que tengan un cerebro privilegiado, sino que creen que tienen un cerebro privilegiado, o por lo menos confían ciegamente en él, o quizá lo que ocurre es que toman, sin más, como verdades ciertas las cosas que piensan cuando creen que les conviene; lo cierto es que, al menos en algunas ocasiones, ni se molestan en comprobar si hay algo escrito acerca de algunas de sus ocurrencias.
Así, por ejemplo, el famoso grito de guerra ¡Santiago, y cierra, España!, queda convertido para ciertos personajes en Santiago y cierra España, o Santiago, y cierra España, puesto que al poner su, para ellos, privilegiado cerebro a trabajar, éste ha dictaminado que la frase no admite ninguna duda, puesto que el significado de cerrar es palmario. De modo que según esa línea de pensamiento, la frase ordena cerrar todas las puertas de España, porque ya se sabe que España tiene puertas y por alguna de ellas puede escaparse Cataluña, pongamos por caso. Al menos, así piensa cierto columnista frailuno que cuelga sus deposiciones en un periódico catalán. Ignoro si, además de hacer cuadrados los círculos, para encajarlos bien en la causa catalanista, amujera la voz. No me extrañaría.
Pero no es sólo él quien piensa que ese grito lo daban en aquellos tiempos remotos previendo lo que iba a suceder unos siglos más tarde. Por lo general, le secundan todos esos que utilizan mucho la frase “españolismo rancio” y piensan que el catalanismo es lozano, fresco y radiante. Y también lo hacen suyo quienes quieren pescar en determinados caladeros de votos.
Pues bien, en el artículo de Patente de corso del domingo pasado, figura el siguiente grito: “España, cierra, cierra”. La acción la sitúa en el año 1547 y en Mühlberg, a orillas del río Elba. ¿Qué tenía que cerrar España en este caso? ¿El río?

'Bonaventura'
'El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde'
'Alrededor del deseo'
'Cuentos neuróticos'
'Alfonso X el Sabio'
'¿Cuándo y cómo acabará la crisis?'
'El psicólogo en casa'
'La huella del hereje'




jueves, 17 de diciembre de 2009

Radicalización en las guarderías

Según una noticia que publica El Periódico, agentes antiterroristas británicos visitan guarderías para detectar signos tempranos de radicalización. Pero si esos mismos agentes visitaran, no ya las guarderías españolas, sino los centros de los ya mayorcitos sufrirían un colapso. O, mejor dicho, se partirían de risa, porque tradicionalmente a los británicos les han venido muy bien los descalabros de los demás.
Los sentimientos se pueden manipular y si uno no está listo cuando le atacan por ese lado, puede caer en una trampa que no le interesa en absoluto. Y una vez que ha caído en esa trampa ya es fácil radicalizarle. Alguien radicalizado de este modo viene a ser un instrumento de otras personas, no necesariamente más inteligentes pero sí más astutas. Eso lo saben muy bien los nacionalistas, que no dudan en tildar a su vez de nacionalistas a quienes se les oponen, para desactivarlos.
A los estudiantes españoles no se les prepara para la vida, enseñándoles a pensar por sí mismos, y mostrándoles el valor de la duda. Ambas cosas, pensar por uno mismo y dudar sistemáticamente van en contra de los intereses de los manipuladores, que necesitan llenar los cerebros de los alumnos de certezas, aunque las cosas que se les den como ciertas no sean más que interpretaciones interesadas. Estos manipuladores de nuestros infantes también necesitan llenar sus corazones de odio hacia quienes pueden abrirles los ojos, y con tal motivo los describen como si fueran demonios.
Las siguientes generaciones españolas se van a encontrar con una serie de problemas casi irresolubles, coronados por una deuda gigantesca. Pero nuestra frivolidad, como es natural, no se acaba ahí. En lugar de prepararlos bien para que al menos enfoquen las cosas de modo que quienes les sigan las puedan resolver, se les enseña a perseverar en el error, para que si por algún milagro queda algo en pie cuando tomen el relevo, lo destrocen también.