Le mandaron a Margarita Robles a que haga el ridículo con ella, como lo hubiera hecho cualquier otro ministro, y la buena mujer -es un modo de hablar- lo hizo, porque es su papel. Un día se le acabará, y entonces veremos como acaba. Un lugar muy adecuado sería la cárcel, al que ella ha mandado a unos cuantos sin que le importe mucho.
Ester Muñoz se estudió muy bien su papel, como es costumbre en ella, y no le dejó ningún resquicio por el que pudiera escapar. Tampoco lo suele hacer con nadie, pero en esta ocasión el público está rebotado, tanto que el Felón ha tocado a rebato, pero vamos a ver que diablos pasa aquí, porque no creo que este hombre haga nada de lo que debe. No va a ponerse en contra a Mohamed VI de Marruecos, que lo tiene filmado, a su móvil en realidad, y puede ponerlo todo en conocimiento del público.
Llama la atención que Margarita Robles iba recibiendo todos los embates con una sonrisa, como si no le afectara, como si supiera que al final de todo esto mandan los votos, y los que apoyan al gobierno son intocables, porque nunca ninguno lo ha defraudado. Y aquí estamos ahora en esa serie en que va a empezar el descalabro. Si un solo ministro -o ministra, no se crea usted- cometiera la desfachatez de decir adiós, el rostro del presidente se demudaría por completo. En su afán por encontrar rápidamente un sustituto o sustituta comprendería que no habría modo de llegar a tiempo, porque ya no sería solo uno o una, sino que las vacantes se irían sumando y no le quedaría ya más opción que esperar tranquilamente -y esto también es un decir- a que se presentara el ujier, debidamente uniformado a pedirle el acta y tal vez el pasaporte.