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martes, 6 de octubre de 2009

Esta democracia no funciona

Los políticos dicen que sí, porque a ellos les conviene. Sobre todo a los nacionalistas, que pueden presionar a su antojo y calificar como enemigos de la patria a quienes les critican. Esta democracia no funciona porque todos los días nos hemos de enterar de algún escándalo como el de la hija de Chávez, la corrupción en Barcelona, el Gürtel, que cada vez se extiende más y más. Y nadie dimite.
Aparte de ese chorro de dinero que a lo mejor los jueces califican de delictivo, está el chorro legal, pero inmoral, de las concesiones a empresas de amigos o familiares de los políticos. Tampoco tiene visos de que sea moral el grandísimo número de asesores, teniendo en cuenta además y la vista de lo catastrófico de la situación, que su utilidad es dudosa. A todo lo anterior habría que añadir la tendencia de los políticos al despilfarro y a pensar exclusivamente en ellos, que es lo cabe pensar al conocer sus jubilaciones y finiquitos.
En la situación actual, un político que piense en los ciudadanos y trabaje para ellos tiene poco porvenir. Puesto que son los partidos los que tienen el poder, la única opción que tienen los políticos es hacer la pelota a quienes mandan en el partido. Alguien que haga bien su trabajo y pueda resultar útil para los ciudadanos, puede ser visto como un rival dentro de su partido y convertirse de inmediato en objeto de una cacería.
Quizá si los políticos dependieran directamente de los ciudadanos tendrían más iniciativa propia y acometerían la tarea de controlar a sus rivales, investigando sus actividades y exhibirían ante la opinión pública los resultados de sus investigaciones. Trabajar por cuenta propia y no del partido proporciona un plus de crédito ante la opinión pública. Acabar con la dictadura de los partidos es urgente.

martes, 21 de noviembre de 2006

La unidad de España, bien moral

Pretende Monseñor Cañizares que la unidad de España es un bien moral. Pues vaya tontería. España se formó a través de un proceso histórico, que pudo ser diferente y entonces España hubiera sido otra cosa. No aceptan ese punto los obispos cuyas sedes están en Comunidades Autónomas gobernadas por partidos nacionalistas. No se oponen, pues, por motivos teóricos o ideológicos, sino por cuestiones prácticas. Gozan de una consideración y de un prestigio social que en modo alguno están dispuestos a sacrificar.
En lugar de referirse a la unidad de España, podrían haber pasado a debatir que aportan hoy en día los nacionalismos al género humano. Podrían criticar abiertamiente el egoísmo manifiesto que traslucen todos ellos, el español, el catalán, el vasco, el francés, el alemán, etc. También podrían debatir si realmente han hecho todo lo que han podido para evitar que ETA tuviera tanto apoyo social. Y podrían continuar sobre la licitud moral de las negociaciones con la banda terrorista y si es justo llamar a este hecho proceso de paz.
También podrían debatir los motivos por los que a alguno de ellos le preocupa tanto que un etarra muera a causa de la huelga de hambre que dice llevar a cabo. Y si realmente cree que esto puede suceder.
No es probable que los obispos entren a discutir estas cuestiones, después de no haberlo hecho hasta ahora.