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martes, 7 de mayo de 2019

Nuria y los cerdos

Si voy por la calle y señalando a una farola digo: eso es un hipopótamo, la farola sigue siendo farola y lo único que puede ocurrir es que quienes me acompañen en ese momento duden de mi salud mental, o piensen que les quiero tomar el pelo.
En el caso de Nuria el asunto está claro: pretende ofender a quienes llama cerdos y hacer patente el odio que les tiene. Pero el suyo es un gesto gratuito y prescindible. Su propio rostro ya denota un tormento interior y una furia que imperativamente han de ser volcados contra algo o alguien. Tratándose de alguien de Cataluña, en donde un considerable número de personas están enloquecidas y buena parte de ellas sin remedio, es lógico pensar que esa rabia incontenible ha de dirigirse hacia personas que hacen su trabajo de forma correcta y respetuosa con las leyes, es decir, de forma civilizada.
Esta actitud de Nuria es consecuente con la de los catalanistas que vienen siendo empozoñados sistemáticamente por los medios de comunicación públicos y también por los subvencionados, algunos de los cuales conocieron épocas gloriosas, pero en la actualidad ya se han convertido de forma irreversible en panfletos.
Hay que distinguir entre catalanes, que son quienes conservan el gusto por la civilización y se comportan de forma educada, respetuosa con las leyes y tolerantes con quienes no piensan igual, y los catalanistas, que puede que sean muchos, pero no cabe duda de que son los cerriles, siempre actúan en masa, con desprecio de la ley y abusan de quienes no piensan como ellos e intentan someterlos por la fuerza haciendo uso de todas las ventajas que tienen sobre ellos.
El catalanismo es una vuelta a la forma de vida de los primeros homínidos, una regresión, un intento de avergonzar a los primeros simios que bajaron del árbol, cuyo deseo, no cabe duda, era el de civilizarse. 

domingo, 17 de febrero de 2008

Azúa, Hobbes, Kant

Planteaba Félix de Azúa, el 12 de enero en El Periódico, lo que llama el más viejo enigma de la actualidad: ¿Somos bestias salvajes que sólo un proceso represivo convierte en humanos, como creía Hobbes?, se preguntaba. Evidentemente, no faltan individuos, no sé si se me permitirá decir que abundan, que abonan esa tesis de Hobbes. Perpetran el mal de modo natural y sin mostrar ningún indicio o señal de que sean conscientes de ello. Bordean la ley o la transgreden tranquilamente, si se saben impunes. No les preocupan en absoluto las consecuencias que sus actos puedan acarrearles a sus víctimas. Simplemente, dan rienda suelta a sus instintos, que como señala Azúa proceden de la moral del narcisismo fascista, del verdugo que, quizá porque se sabe inferior, busca compensar este sentimiento torturando a sus víctimas, para creerse superior a ellas.
La pregunta opuesta de Azúa es: ¿O somos humanos justamente porque tenemos una moral instintiva, innata, "natural", que nos diferencia de las bestias, como creía Kant? Quizá Kant hubiera pensado de modo ligeramente distinto de haber conocido la teoría de la Evolución de las especies. Resulta dificultoso pensar que los primeros homínidos pudieran tener una moral instintiva. Sin embargo, sí que hay individuos que parecen ajustarse a la tesis kantiana, aunque probablemente su número es inferior al del otro grupo. Bien pudiera ser que hubieran adquirido esta moral a través de la observación y la reflexión. El instinto de conservación podría haber inducido a que los mejores adopten esta moral y a que traten de transmitirla a los demás. Esta moral actúa de un modo natural e instintivo en quien la ha adoptado, dadas sus evidentes ventajas en orden a la conservación de la especie. Sólo la moral puede lograr que la especie humana no acabe autodestruyéndose y esto es intuido por los más fuertes, por quienes tienen más vocación de perpetuarse. Aquellos que no se sienten con fuerzas para luchar, que se ven como flor de un día, tienden más a convertirse en títeres de sus instintos.

lunes, 29 de enero de 2007

Una silla llamada paz

La palabra paz está muy de moda últimamente. Pero creo que los políticos que la usan deberían delimitar exactamente que es lo que entienden por paz. Yo tengo la buena costumbre de leer el blog elcolordelcristal y por él he sabido que hay una silla que se llama exactamente así y que no está nada mal. Podrían los políticos sentarse en sillas como esa en una reunión y definir el concepto de cada uno de la palabreja de marras, cosa en la que quizá logren ponerse de acuerdo. Una vez logrado ese objetivo podrían marcar los modos de llegar a él. Por este lado ya podrían llegar las discrepancias y entonces sería bueno que cada político señalara hasta qué punto y en qué condiciones estaría de acuerdo en acompañar al gobierno. Establecido este punto, cada partido puede volver a sus cosas. Este asunto no debería usarse electoralmente. Sólo si el gobierno diera algún paso ilegal que pudiera demostrarse, deberían mostrar los demás públicamente su desacuerdo.
Por su parte, los etarras planeaban un atentado en Valencia, para hacer ver al gobierno que tienen capacidad de matar. Quieren contrapartidas a cambio de dejar de hacer lo que les gusta. Otros etarras asaltaron la tumba de Gregorio Ordóñez. Con los etarras no vale lo de la silla. Ellos en una rama, cuanto más alta mejor. Acaso Arzallus prefiriera que estuvieran en un nogal, por aquello del vareo de las nueces. Pero la mejor solución consistiría en meterlos en jaulas y poner un cartel que rezara: Homínido del cuaternario. No me extrañaría que los nacionalistas fueran a observarlos con devoción
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