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sábado, 24 de enero de 2009

El héroe ecuatoriano tiene seis denuncias

Wilson R. Ribera es un ecuatoriano que salvo a una mujer de morir apuñalada. Le iban a dar una medalla, pero ocurre que tiene seis denuncias por maltrato. El resultado de ello puede ser que cuando un pobre sea testigo de una situación equiparable en lugar de socorrer a la víctima opte por desaparecer de la escena, no vaya a ser que luego investiguen su vida. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
No resulta fácil lograr que se reconozcan los méritos de los pobres. Dos jubilados valencianos, Guillermo Caballero Martínez y Julio Antonio Casino Ibáñez, uno detrás del otro y cada uno de ellos en solitario, se jugaron la vida en un atraco. El atracador, provisto de una descomunal navaja, tenía un rehén, vociferaba, blandía muy amenazadoramente la navaja, y daba fuertes puntapiés a la puerta del recinto blindado de un banco. Antes del juicio el atracador aceptó una condena de trece años, lo que demuestra que el riesgo que corrieron fue grande. Sin embargo, no han obtenido ningún premio ni reconocimiento.
Otra cosa ocurre con los ricos, ellos se lo guisan, ellos se lo comen. Hay personajes que tienen calles dedicadas, o que reciben grandes honores, que han cometido grandes villanías o traiciones. Pero a los ricos no se les investiga. Baste recordar que a Mario Conde lo nombraron Doctor Honoris Causa. Y no me extrañaría que tuviera más premios o condecoraciones.
Entre quienes ocupan la actualidad, los premios están a la orden del día, cuando no les toca uno, les toca otro, y nadie se detiene a investigar sus vidas para comprobar si han defraudado a alguien, o si le dieron dinero a Madoff, o si tienen cuentas en lugares secretos, o cualquiera de esas cosas que sí se miran en los menos pudientes.
Si Wilson S. Ribera arriesgó su vida por otra persona, ese acto merece un premio, con independencia de lo que haya hecho anteriormente. Tampoco sé si es correcto que se haya divulgado que tiene seis denuncias.

domingo, 28 de octubre de 2007

El héroe de Benicull

Con el título Riesgos de ser un buen samaritano el diario Las Provincias publica hoy un reportaje en el que dice que Daniel Oliver ha pasado a formar parte de aquellos que al intervenir en peleas para poner paz encontraron la muerte. Ocurre que Daniel Oliver se ha popularizado a causa de la fatalidad, no por su buena acción. Si el resultado de su intromisión en la riña hubiera sido un simple hematoma, más de uno lo hubiera tomado por tonto. No es que yo me esté inventando nada, sino que he podido comprobar que las cosas son así. Hace algún tiempo, en una entrada que titulé El atraco, conté que dos personas habrían arriesgado sus vidas para auxiliar a otras a las que no conocían previamente. No se trataba de una riña callejera entre una pareja de jóvenes, sino que el peligro provenía de un atracador furioso, que portaba una navaja enorme y del que luego se supo que cumplía condena de veinticinco años y que había salido de permiso. Nadie me preguntó por ellos, para recompensarles de algún modo, así que poco después en otra entrada titulada Los premios Jaime I, reivindiqué la creación de otros premios, para esta clase de gente, con el fin de estimular las más nobles cualidades humanas. Posteriormente, me he dirigido a las autoridades locales, a través de su web, por lo que no tengo justificante de haberlo hecho y, por otra parte, tampoco se han dignado ni a acusar recibo de mi petición. Posteriormente he sabido que uno de esos dos samaritanos, que tan valientemente se enfrentaron con el navajero y a la vista de la navaja –sabían lo que hacían-, ya había intervenido unas cuantas veces en casos similares, loo que conllevó que pocos días después de una de ellas se encontrara con que le habían quemado el coche. El otro samaritano tampoco era un novato a la hora de hacer frente a los atracadores. Ambos son mayores, creo que al menos uno está jubilado y sus modos de ganarse la vida son o fueron primordialmente pacíficos.
Si hubieran muerto atravesados por la navaja, sí que hubieran merecido alguna portada. Como el héroe de Benicull.