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jueves, 23 de abril de 2015

La pretensión de publicar los nombres de los 715

La política española es, cada vez más, como un circo al que acude la gente a contemplar a los enanos, gigantes y cabezudos. La política espectáculo se instalado de forma que parece definitiva, aunque cabe conservar la esperanza de que no sea así.
Ahora van a mogollón los principales partidos políticos exigiendo que se den a conocer los nombres de los 715 sospechosos, demostrando con ello su gusto por los linchamientos públicos y lo cómodos que se sienten en este modo de hacer política. Por parte del gobierno se perciben ganas de mostrar esa lista. Un representante suyo ha dicho que es «la repera patatera», alimentando con ello la curiosidad de las gentes.
Nadie ha dicho, sin embargo, que todo eso ha salido a relucir porque hay un partido político que trabaja bien, o sea que está haciendo aquellas cosas que prometió hacer cuando fue fundado.
Ninguno de estos 'grandes' políticos que quieren exponer a los sospechosos al juicio de la calle ha caído en la cuenta de que lo que interesa no es saber quiénes son los presuntos delincuentes, sino que las instituciones funcionen. Que el fraude fiscal y el blanqueo de capitales resulten muy difíciles de llevar a cabo y que la mayor parte de quienes lo hagan sean descubiertos en un plazo razonablemente breve y puestos en manos de la justicia.
Lo que importa no es el espectáculo, sino la confianza en las instituciones. En que aunque quienes estén en ellas o las dirijan no sean dechados de virtudes no tengan más remedio que actuar correctamente porque el sistema obliga a ello.
Pero a nuestra clase política no le interesa eso, porque se ha acomodado a un modo de vida, y a los votantes se conoce que tampoco, porque al no estar acostumbrados a al rectitud piensan que más vale malo conocido que bueno por conocer.

domingo, 11 de abril de 2010

Montilla saca pecho

La política de hoy en día es una fuente inagotable de sorpresas. Ha dicho nada menos que lo siguiente: "Nuestros adversarios, no sé si por ignorancia o prepotencia, o por las dos cosas a la vez, casi dan por ganadas las elecciones. Qué poco conocen a los socialistas, qué poco conocen a los catalanes, y qué poco que me conocen a mí. Nos acabamos de poner ahora en marcha", según viene publicado en La Vanguardia.
¿Es que los socialistas no son personas como las demás? Es como si en el momento de nacer, el ginecólogo diera una mirada a la criatura y, si se diera el caso, enseguida dijera a la madre: enhorabuena señora, ha dado usted a luz a una criatura socialista. Curiosa manera esta de insinuar que un socialista, por el mero hecho de serlo, ya está libre culpa, ya es una persona ejemplar. En cuanto a conocerle a él, pues sí: aunque no le guste, aquí nos conocemos todos. Esta frase sigue siendo válida. Es público y notorio su egoísmo. Cuando se le dice: no quieras para ti lo que no quieres para los demás, le entra por un oído y le sale por el otro. Si tuviera vergüenza, hubiera dimitido; lo que ocurre es que la vergüenza no es un valor que cotice entre la clase política, más bien es un impedimento. Véase el descaro con el que presiona al Tribunal Constitucional. Si no respetan a las instituciones quienes cobran de ellas, ¿con qué derecho se nos obliga a los demás a obedecerlas? La política española se ha convertido en el patio del Monipodio, y es que las cosas no podían ser de otra manera. Montilla es uno más y la prueba es que hasta cuando dice los disparates más gordos está arropado. Pues sí sabemos lo que es capaz de hacer el personaje. Nada bueno, por supuesto.

domingo, 7 de febrero de 2010

Es posible y es conveniente

Me refiero al pacto entre el PP y el PSOE y los partidos que quieran unirse, para formar un gobierno de salvamento, ya que no es otra cosa lo que se necesita en estos momentos. Se nos había intentado convencer de que la crisis no afectaba a España, hasta que ha sido palpable que tenemos la nuestra; pero es que además de esa tenemos la institucional: en la partitocracia ya no cree nadie.
No se puede salir de la crisis sin confianza en las instituciones y quizá tampoco hubiéramos caído en ella si éstas hubieran funcionado. De modo que el gobierno de concentración debería tener como una de sus finalidades la de aumentar la calidad democrática, tomándose para ello todo el tiempo que fuera necesario, para atinar en las reformas y al mismo tiempo tratar de salir de la crisis. El hecho de que la clase política se tomara las cosas en serio ya sería un buen paso que devolvería parte de la confianza a la población.
Claro que un gobierno de concentración, para hacer borrón y cuenta nueva significaría el fin de muchas carreras políticas, aparte de que algunos que ya tocan la cima con las yemas de los dedos deberían renunciar a sus sueños personales. Pero han de ser generosos, la situación es tan complicada que exige grandes sacrificios. Un buen número de ciudadanos, sin tener ninguna culpa, está en peor situación. No se les ha consultado antes si querían hacer el sacrificio. Sin más, han sido lanzados a la ruina por culpa de la irresponsable partitocracia.
La opción de esperar a las próximas elecciones deja pendiente el problema de la partitocracia, que más pronto que tarde habrá que resolver. Por otro lado, eso de que durante la Transición había más espíritu de consenso que ahora no deja de ser un mito. En los tiempos actuales, a alguien como Adolfo Suárez le resultaría mucho más fácil. Para otros, puede ser imposible.

domingo, 23 de diciembre de 2007

El respeto a las instituciones

Manuel Marín, al que ya le queda poco como presidente del Congreso, ha concedido una entrevista al diario El País, de la que cabe destacar su afirmación de que los políticos españoles no respetan las instituciones. Supongo que esta afirmación es creída sin más por la mayoría, dado lo evidente de la misma. Esto lleva a la evidencia de que la política española se ha convertido en un nido de patanes. Baste recordar que recordar que bastante antes de que se acabe el mandato del actual presidente del Congreso, ya se ha dicho que el próximo será José Bono, ese demagogo con el que Zapatero quiere engañar a los votantes de centro; y digo engañar porque los políticos nos tratan como si los votantes fuéramos caracoles a los que hay que hacer salir del cascarón. No me olvido de que el gesto de enseñar a José Bono puede ser muy eficaz, electoralmente hablando, pero adolece de una total falta de elegancia. Si en la política española reinaran el señorío y el sentido común, ni al más lerdo de los diputados le cabría ninguna duda de que hay que preservar las instituciones por encima de todo. Lo cierto es que las instituciones, o buena parte de ellas, ya llegaron muy tocadas a esta legislatura, durante la cual no sólo no se ha hecho ningún esfuerzo para remediar la situación, sino que se ha atacado a la línea de flotación de las que aún conservaban algún prestigio. Cabe suponer que nuestros políticos, o la mayor parte de ellos, llegan a la política con buenas intenciones, aunque haya quien sospeche que, al menos, algunos lo que quieren es enriquecerse. Suelen olvidar, sin embargo, ese útil refrán que dice que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Antes de intentar hacer un bien deberían preocuparse por averiguar las consecuencias que podría tener su acción, no fuera a ser que provocaran una catástrofe mucho mayor que el bien que pretendían hacer. Eso es exactamente lo que viene ocurriendo en España, legislatura tras legislatura. Llegada la hora de votar, convendría tener en cuenta a aquellos políticos que pretendan recuperar la fe en las instituciones.