domingo, 28 de julio de 2013

La trascendencia del fútbol

Debo comenzar diciendo que lo que me interesa del fútbol es la cantidad de impuestos que presuntamente evaden muchos de quienes viven en ese mundillo. También me indigna que los clubes de fútbol deban tanto dinero a la Seguridad Social y, por supuesto, los desaguisados urbanísticos que se perpetran a causa de este espectáculo que comenzó siendo deporte.
Pero, ahora que lo pienso, si el fútbol fuera un espectáculo no gozaría de tanta impunidad; realmente, es un negocio, que consiste en la explotación de los sentimientos, exactamente igual que el nacionalismo, y aunque no hace tanto mal, porque es difícil llegar a esos extremos, el mal que hace tampoco es moco de pavo.
La explotación de los sentimientos permite saquear los bolsillos de los contribuyentes de una manera o de otra, sean o no aficionados al fútbol. A pesar de que los clubes de fútbol están arruinados y de que si primara el criterio de honradez desaparecerían bastantes de ellos, hay cola para ser presidente de club de fútbol.
Hay un club que es “más que un club” y hay otros clubes que le han echado el ojo a la fórmula y tratan de subirse al carro, haciendo que las camisetas que llevan sus jugadores lleven los colores de la senyera, o incorporando el murciélago, o con tretas similares.
Si tan solo se tratara de jugar al fútbol, enfrentando a once contra once, procurando que el público se lo pasara bien, fuera cual fuera el resultado final, podría calificarse al acto de deporte o espectáculo. El público, que es quien paga, sería el rey. Pero no es así. Quieren hacernos creer que el fútbol es algo trascendente. ¿Trascendente para quien? En estas condiciones el público ya no es el rey. Pensar que lo sigue siendo es una ingenuidad. Decir que se manipula a la gente también es una ingenuidad. Quien no quiere no es manipulado.