viernes, 3 de marzo de 2017

Los autobuses de la discordia

Creo que la Campaña del Bus Ateo fue la primera en servirse de los autobuses para lanzar eslóganes contra la población.
Y digo ‘contra’ porque me parece muy bien que cada uno piense lo que quiera acerca de la existencia o inexistencia de Dios, o de cualquier otro asunto, siempre y cuando no se derive ninguna ilegalidad de ese pensamiento. Lo que me parece mal es que se trate de insuflar en otros el propio pensamiento, porque esa misma intención supone que quien lo pretende se considera en posesión de la verdad y que aquellos a los que se dirige están equivocados. Ya se ve que la humildad sólo recibe alabanzas de forma teórica, puesto que son pocos los que se deciden a adoptarla.
Así las cosas, se gasta mucho dinero en propaganda precisamente con el fin de convencer a otros. Convendría saber de dónde procede ese dinero y también preguntarles a quienes los gastan si no se les ocurre un modo más productivo para los demás y más respetuoso de gastarlo. Porque tratar de convencer al prójimo con eslóganes es como considerar que tiene cerebro de mosquito.
Hubo un tiempo, que aunque sea reciente parece lejano, en que se consideraba que el mejor modo de influir en el prójimo es predicar con el ejemplo. Si un ateo o un creyente se comportan de forma irrespetuosa no le hacen ningún favor a la doctrina que pretenden propagar.
Y queda la otra cuestión. Hay eslóganes directamente ofensivos de los que nadie protesta, porque se considera que los ampara la libertad de expresión, y hay otros eslóganes que con el mismo motivo deberían recibir el mismo tratamiento y, sin embargo se prohíben.
Hay político que no cesa de transmitir el odio que siente, puesto que jamás usa el idioma español, sino un dialecto regional, y luego afirma que no consentirá campañas de odio.