miércoles, 19 de septiembre de 2007

Denia

Denia es una ciudad con vocación de capital, cosmopolita, culta y con una rica historia. Tiene, como es lógico suponer, ayuntamiento, cuyos componentes no son escasos y cobran buenos sueldos. Sin embargo, no han sido capaces de entender, uno a uno, ni todos juntos, el problema de un vecino que, desesperado, ha tenido que recurrir a la justicia. Emitido el fallo a favor del demandante, ahora se trata de buscar el modo de no cumplir del todo la sentencia. Dicen que la justicia es lenta, pero si encima tienen que resolver asuntos que corresponden a los políticos, motivos tiene. Parece ser que la palabra tradición es un argumento definitivo para algunos y la cosa no es así. Hay tradiciones muy hermosas que conviene defender con todas las fuerzas, pero hay otras que conviene eliminar cuanto antes. Son tradiciones que avergüenzan y quienes participan en ellas demuestran que están por desbravar. Este no es el caso de las fallas, cuyo fundamento es especialmente original y digno de encomio. Pero el hecho de que la tradición fallera sea una de las más bellas y divertidas no significa que tengan derecho a desmadrarse y hacer lo que quieran. Una falla no tiene el porqué dañar los edificios de su entorno. Si no puede tomar medidas para protegerlas totalmente, ha de reducir su tamaño y si esto no es bastante, irse a otro lugar. Los vecinos ya tienen bastante con soportar el ruido, tampoco tienen ninguna obligación de ser partidarios de la fiesta. Terminada ésta, el ruido se olvida y los vecinos pueden volver a dormir por las noches. Pero los daños en los edificios permanecen. ¿Por qué han de soportar esto año tras año? Si por algún motivo similar, fuera conveniente trasladar la falla de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, habría que hacerlo. No es probable que ocurra, porque la plaza del Ayuntamiento es amplia, pero sí que podría ser el caso de otras fallas. La pregunta es: ¿para qué pagamos tantos políticos?

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