No hay modo de hablar bien de Urtasun. Si lo conociéramos por ser parte de su pandilla cabe la posibilidad de que le riéramos alguna gracia. No es seguro porque como ministro todo lo que muestra es sectarismo y en estas condiciones es muy difícil. Claro que también sería increíble estuviéramos en el mismo grupo.
El caso es que nos dicen que muy leído no es, pero es que si lo han hecho ministro es por eso y no por otra cosa. No ha leído muchos libros, es sectario, cargado de mala uva y con ardientes deseos de hacer daño a lo que considera que es la derecha, que para entendernos es toda esa parte que no piensa votar a nadie del gobierno. Pero es que hay otra parte que seguramente no va a votar a la derecha porque no le gusta y a la coalición gobernante porque le gusta menos. Estos también son fachas para este personal.
Urtasun nos trae un disgusto siempre que aparece. El último de todos, o quizá penúltimo, porque es que no para, consiste en quitarles a los niños un espectáculo único: el heroísmo de un torero y un toro. En este mundo en el que todo es teatro hay una función en la que el teatro no existe: un torero que se juega la vida ante un toro que jamás se rinde. El animal embiste una y otra vez, sin importarle el dolor que sufre y el torero lo maneja lo mejor que sabe. Todos los toreros llevan unas cuantas heridas en el cuerpo y se rehacen y siguen mostrando al mundo su pasión. No es fácil ser torero y luego conseguir la simpatía del público. Antes de llegar a vestirse de torero han de actuar como novilleros hasta que finalmente toman la alternativa. Todos estos detalles no los llega a captar un melón. Ni aunque sea ministro.