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miércoles, 17 de abril de 2013

Lo de Andrés Calamaro

Esa gracia que hacen algunos amantes despechados y que consiste en publicar fotos de su ex, no es de ahora. En Internet ha habido portales dedicados exclusivamente a eso. El último que lo ha hecho creo que ha sido Andrés Calamaro, aunque no me extrañaría que después de él lo hubiera hecho una docena más de tipos. O de tipas.
El asunto ni siquiera merece un comentario, lo que ocurre es que viene a cuento con respecto a la conocida frase de Lord Acton y que dice que todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Se suele creer, al menos no son pocos los que lo creen así, que la frase se circunscribe a Botín y similares. Es cierto que Botín tiene mucho poder; cabe atribuirle más que a la mayoría de los españoles; y el hecho de que personajes ilustres mancillen su prestigio haciéndole la pelota descaradamente induce a pensar que usa ese poder en beneficio propio.
Pero esa frase de Lord Acton no se refiere sólo a los muy poderosos, sino al público en general. De hecho, Andrés Calamaro tenía esa foto y “podía” publicarla. Lo hizo. Eso, obviamente, es juego sucio.
Supongamos que alguien con quien tengo amistad me hace una confidencia y que esa persona luego me hace una trastada y, como consecuencia, rompo la amistad con ella. Eso no me da derecho a utilizar aquella confidencia en contra suya. Hacerlo sería ponerme a su misma altura. No se debe combatir el mal con otro mal.
El uso inadecuado y arbitrario del poder de que se dispone conlleva que nadie se pueda fiar de nadie. Si no se siguen unas cuantas reglas la convivencia se vuelve difícil o imposible.
Tampoco hay que olvidar que un caballero jamás alardea de sus conquistas y que una dama no debe dejarse seducir por quien no sea un caballero.

lunes, 22 de junio de 2009

Almunia y el diálogo social

Almunia ha pedido al gobierno que tome medidas al margen del diálogo social. Antes de ello conviene examinar cómo se ha llegado a la situación actual. Hay un número de ciudadanos que no se había endeudado o lo había hecho en un grado mínimo y que tampoco consumía más allá de sus posibilidades. No tiene, pues, ninguna culpa con respecto a la crisis. Pero la está pagando, porque muchos de ellos han sido despedidos o han tenido que cerrar sus pequeñas empresas. Esta masa de ciudadanos es, por otra parte, sobre la que se quiere hacer cargar todo el peso de la crisis.
Otro buen número de ciudadanos no fue capaz de resistir los cantos de sirena y se endeudó más de lo debido, se embarcó en compras problemáticas, emprendió un camino sin salida. Ningún alma caritativa les explicó antes que podía ocurrirles esto. Tienen culpa, pero evidentemente la están pagando.
Hay otro grupo compuesto por constructores, banqueros, especuladores, que tienen más culpa que los anteriores. Los banqueros tenían sobre la mesa todos los datos que les indicaban lo que iba a ocurrir, pero ellos querían salir bien en la foto, según el símil que les gusta usar, y el banco que se bajara del tren enloquecido en el que viajaban todos no hubiera salido bien en la foto. Ninguno quiso tomar la medida de forma unilateral y nadie convocó a los demás para tomarla todos a la vez. ¿Temerían que las cajas, por estar mediatizadas por los políticos, se negaran? Ninguno de los directivos de este grupo se ha disculpado, ni ha dimitido y ni siquiera se siente responsable.
El último grupo es el compuesto por los políticos, los que tenían todas las llaves y, por tanto, son los más culpables. Ni convocaron a los bancos, ni a los constructores, ni tomaron medidas que, indirectamente, recondujeran la situación. La construcción presentaba muchas posibilidades para ellos y querían exprimir hasta la última gota, pueblo a pueblo. Ni ha dimitido ningún político, ni se siente responsable ni reduce gastos. Lo que debería exigir el prudente Almunia es que los políticos eliminaran toda esa serie de organismos que no sirven más que para enterrar nuestros impuestos. El dinero que se ahorraría sería suficiente para acabar con la crisis.

jueves, 10 de enero de 2008

Cohesión interna

Pide Acebes cohesión interna a las gentes de su partido. Se puede decir con toda seguridad que Trinidad Miró, la Consejera de Cultura de la Comunidad Valenciana, comprenderá esto inmediatamente y lo acatará sin más. No le ocurre lo mismo con la sentencia que ordena revertir el Teatro Romano de Sagunto, de la que dice que es “un marrón” (o sea, que al leer la sentencia pensó: si lo sé no vengo; no ha ido a servir a los ciudadanos, sino a lucirse, y de pronto le cae un marrón) y que aún no sabe lo que hará. Cosa que tampoco es cierta, porque lo que no sabe realmente es lo que le mandará su jefe que haga. Hay quienes dicen que pretenden mejorar el mundo o, por lo menos, España, y todo lo que se les ocurre es pedir cohesión interna. Sin duda que a Alfonso Rus, otro que sabe captar sus ventajas, le gustaría que le encargaran vigilar la cohesión interna.
Y del Prietas las filas, recias, marciales (…) vamos al otro lado, al de “el que se mueva no sale en la foto”, aunque eso según en qué circunstancias, porque si Rafael Rubio no se llega a mover, para permitir que el lugar se había ganado él fuera para Carmen Alborch, podría haber quedado tan atrapado como lo fue después J.I. Pla. O sea que quietos o parados, sigue la canción (…) nuestras escuadras van (…) Ahora, con ocasión de la misma sentencia, que Trinidad Miró no se siente obligada a cumplir (hasta que no se lo ordene su jefe), los socialistas también han hecho piña, todos tratando de justificar la ilegalidad.
Los nacionalistas, por su parte, tampoco aceptan de buen grado ninguna teoría o deseo que se oponga a sus designios. Si a alguien se le ocurre defender el derecho de los valencianos a decidir lo que concierne a su idioma, recibe de inmediato una lluvia de palos.
Clamaremos por las listas abiertas, con la intención de conseguir que los políticos tengan que mirar por los ciudadanos, pero a los que están instalados en el poder no les interesa cambiar el estado de cosas. Quizá la única esperanza que exista en este sentido la proporcione Unión, Progreso y Democracia.

Rodrigo de Vivar, el Cid Campeador
Don Quijote de la Mancha
La isla del tesoro
Las mil y una noches
Beatriz Galindo, La Latina
Terrorista
Los que le llamábamos Adolfo
La Comunidad Valenciana y el guirigay nacional