Vivimos en una democracia que no lo es y en lugar de salir todos a la calle a cazar a los tunantes al bueno de Feijóo le da por acudir a una comisión de investigación, moderada por una sectaria de libro, a ser preguntado por una serie de impresentables. Y luego, quizá para dar más risa, se queja. Pero si ya sabíamos todos lo que iba a pasar.
Le hicieron preguntas retorcidas las belarras de turno y cualquiera de ellas era para levantarse y no volver. De paso, la presidenta de la Comisión le echaba la bronca. ¿Pero cómo es posible que aguante todo eso? Ayuso habría comenzado por no ir y en caso de hacerlo les habría leído la cartilla a todos. No se habría dejado encerrar por gente infame y sin gracia. De esa Comisión no podía salir nada, salvo la ristra de insultos que se le hubiera podido ocurrir a cualquiera de los preguntones, cuya gracia, precisamente, es esa: la habilidad para insultar.
Habría que recordar a todos los que participan en esas Comisiones que están allí en representación de los españoles y, por tanto, deberían refinar la conveniencia de las preguntas y el esmero con que se hacen. La clase política comparada con la intelectual da pena. Aunque últimamente los intelectuales más cercanos al Felón también dan pena.
Si hay algo que las actuales circunstancias demuestran es que hemos vivido bajo engaño desde el principio de la democracia. La ilusión de la gente, incluso de muchos socialistas, era limpia y pura, pero la Ejecutiva nos la metió. La Constitución es un tablero inclinado hacia el PSOE, que además desactivó a los sindicatos, puesto que su financiación corre a cargo del gobierno, o de los partidos, clavó un Tribunal Constitucional que está de sobra, y unas cuantas gracietas más que no me caben ya.