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martes, 17 de febrero de 2009

Los cazadores buenos

Me gusta dar grandes paseos, de diez o quince kilómetros, por cualquier lugar. Creo que ésa es la forma más sana de hacer ejercicio. Nunca se me ocurriría llevar escopeta. Quien camina por los campos, o por los montes, observa el paisaje, cambiante o uniforme, el color de la tierra, las distintas gamas del verde, el aroma de los campos y de las plantas, las flores cuando las hay. Es de suponer que el cazador está más atento al mundo animal, probablemente tiene los sentidos en atención máxima, y sabe ver huellas y conoce las costumbres de bastantes animales. Por la necesidad que tiene de madrugar, suele tener el premio de ver la salida del sol.
Dicen que los buenos cazadores ayudan a la conservación de la naturaleza y de las especies. Recuerdo que Miguel Delibes, en Diario de un cazador, sostenía esta teoría. Y también recuerdo que el poeta valenciano, César Simón, le reprochaba su afición a la caza.
Me regalaron una gata siamés, que vivió 18 años y más tarde una perra Yorkshire, que llegó hasta los quince. Las echo de menos a ambas. La cuestión es que durante dieciocho años he tenido visitar la consulta del veterinario, por un animal o por otro. Allí he sabido de historias de cazadores y de perros. Hay cazadores que cuando un perro no responde a las expectativas que se había creado, lo abandonan o lo regalan, y así sucesivamente hasta que encuentran el que les gusta.
Una de las veces había un perro enfermo del corazón, con asma y casi ciego, al que su dueña cuidaba con mimo. Contó ella que había sido el mejor cazador de la comarca, pero que cuando comenzó a perder facultades fue abandonado por su dueño, momento en que lo recogió ella.
Naturalmente que no todos los cazadores son así, los hay que aman y miman a sus perros, sean buenos o no para la caza. Los hay que cuando consiguen un perro se lo quedan ya para siempre y lo cuidan como corresponde. Aunque no sea muy bueno cazando.

domingo, 15 de febrero de 2009

Esos impresentables cazadores

Mientras algunos ven como se cierne sobre sus cabezas el fantasma del paro, que en la situación actual puede prolongarse de forma peligrosa, y otros muchos ya están inmersos en él, unos señoritos que se saben a salvo fueron a cazar a un cortijo. Se presume que Baltasar Garzón ha de estar muy satisfecho de haber sido portada en todos los medios, ya que esto es lo que anda buscando siempre. Tampoco cuesta mucho suponer, dados los antecedentes, que a Mariano Fernández Bermejo le da exactamente igual, por no decirlo de otro modo más expresivo. No sé si será necesario añadir que de tratarse de dos personas con vergüenza hubieran dimitido.
Por otra parte, esa afición a mata (probablemente, ellos dicen “abatir”) animales indefensos, criados como aquel que dice en granja, y en una zona en donde abunda la gente que vive en la miseria, es un dato más acerca de la sensibilidad de estos personajes, cuyas responsabilidades no son pocas y que encima tienen que ver con algo tan delicado como es la justicia. Entre tantas aficiones por las que podrían haber optado, jugar al parchís por ejemplo, les ha dado por los rifles de alta precisión. Pero para sentirse unos hombrecitos deberían haberse ido a la selva a cazar.
Hablando de estos dos personajes no cabe olvidar la gravedad de los hechos en investigación en estos momentos. Sin embargo, la forma en que se están presentando las cosas, más lo acostumbrados que estamos en España a la corrupción hace que todo resulte sospechoso. Por supuesto que es urgente erradicar la corrupción en España, ¿cómo no había de serlo? Hay que emplear todos los recursos en superar la crisis y la corrupción lo que hace es ahondarla. Pero los personajes encargados de esta tarea no parecen los más adecuados, ni los métodos tampoco.
La lucha contra la corrupción, como tantas otras cosas de suma importancia, pasa por un gran pacto entre los partidos políticos en aquellas cuestiones que sean de Estado y no de partido. Pero lo que impera es el egoísmo y la inconsciencia.