El líder del PP, y si el apóstol Santiago no lo remedia, próximo presidente de España, pasa todo el tiempo insultando a Vox y pidiéndole que se aparte. No comprende que tiene tanto derecho a participar como cualquier otro partido. Se ve incapaz de atraer con su verbo a los votantes del otro.
Pongamos una nueva imagen sobre la mesa. La del equipo que rodea a Feijóo. Viendo esas caras y esos currículos se entiende muy bien que los votantes jóvenes busquen otro perfil. Digamos que los mayores ya estamos curados de espanto y no confiamos tanto en la savia nueva. Algunos, como yo mismo e ignoro si habrá alguno más, vivimos encantados esperando el milagro que ponga a Ayuso al frente del partido. Donde está ella Vox pinta poco, pero Feijóo no aprende la lección, seguramente porque piensa que no tiene nada que aprender de ella. Veamos ahora la otra cara: del mismo modo que no ve los méritos de sus rivales, tampoco se entera de las barbaridades de los suyos. ¿Se da cuenta él de que ninguno de los suyos es de fiar?
Feijóo debería hacer una oposición constructiva, ateniéndose a los hechos y estando dispuesto a pactar con quien merezca la pena. En las circunstancias actuales, en vista de que Sánchez hace alarde de absoluta caradura y sin ápice de rigor, la oposición de Feijóo debería ser mucho más contundente. Tendría que llamar a todos a la calle, para atrapar al traidor y que deje de traicionarnos a todos. Se supone que si tuviera una serie de intervenciones enérgicas, contundentes, Sánchez se asustaría. Muchos de sus votantes comprenderían también que lo está haciendo muy mal y los habría que cambarían el sentido de su voto. Lo que no debe olvidar nunca es que Vox no ese el enemigo, sino un partido con el que no tiene más remedio que pactar.
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