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miércoles, 28 de abril de 2010

El antifranquismo, hoy

Quienes no tienen reparos en abrazar y alabar a crueles dictadores de derechas e izquierdas, como Castro, Chávez o Mohamed, sacan a pasear a Franco de vez en cuando. Quizá porque las dictaduras no les molestan, sino Franco y por motivos electorales además. Una dictadura, sea de derechas o de izquierdas, necesita recurrir a la violencia para sobrevivir.
Sabemos por Garzón que Franco murió, quizá hasta ese momento sólo teníamos sospechas, que de todos modos debieron ser muy fuertes, puesto que su Régimen fue desmontado de inmediato, lo que constituyó un rechazo explícito del pueblo español a la dictadura. No hay oposición social a que rehabilite a los represaliados del franquismo, ni tampoco a que se localice a los muertos y se les entierre adecuadamente, lo no se entiende tanto son las trompetas y los clarines y toda la fanfarria que rodea al asunto.
Fueron dos hombres provenientes del franquismo, Suárez y Gutiérrez Mellado, los que antes de que se produjera el golpe de Estado trataron de impedir por todos los medios que se llevara a cabo y cuando se produjo arriesgaron sus vidas por defender a la democracia. Fueron otros los que tontearon con los golpistas antes del golpe y se tiraron al suelo cuando se produjo. Fueron dos hombres procedentes del franquismo, Suárez y el Rey, quienes lo desmontaron, y fueron otras personas, procedentes del franquismo y de otros sectores, quienes trucaron la democracia que demandaba el pueblo por la partitocracia que padecemos. Se sustituyó la dictadura personal por la dictadura de los partidos.
Por otro lado, no queda más remedio que reconocer que la misma obsecuencia y veneración al poder existe ahora que en los tiempos de Franco. Hoy en día, quien sin apoyos de ningún tipo ose expresarse libremente corre serio peligro. Un ejemplo de ello es Jesús Neira.

martes, 27 de octubre de 2009

Sabino Fernández Campo

No hay nada mejor que consultar varios medios, para sacar luego conclusiones con los datos que da cada uno. Intereconomía cuenta algo que callan los demás, aunque lo saben todos. El diario El Mundo se hizo eco de un reportaje de la revista Oggi, en el que se relacionaba al Rey con cierta dama. El Rey preguntó y se le dijo: “Esto se ha publicado por indicación del general Sabino”.
Pablo Sebastián
desvela que su cese se debió a la delación de cierto medio. Son varios los que cuentan el modo en que se le comunicó el cese: en una comida con los reyes, Juan Carlos le dijo a Sofía: ¿sabes que Sabino nos deja? Se quedaron petrificados los dos, la Reina y el interesado.
Sabino Fernández Campo, según se desprende de tantas lecturas sobre su persona, como Jefe de la Casa Real española, no optó por lo fácil, diciéndole al Rey lo que éste quería oír, sino lo que pensaba que quería decirle. Cabe deducir, pues, que si duró tanto tiempo en esa función fue por su eficiente gestión. Eran tiempos muy difíciles y se necesitaba a alguien con prestigio entre los militares y de gran inteligencia.
Coinciden todos en afirmar que su actuación en el golpe de Estado fue decisiva. Pero en este punto cabría puntualizar que si Adolfo Suárez y el general Gutiérrez Mellado se hubiesen echado al suelo como todos los demás, a excepción de Santiago Carrillo, el golpe hubiera sido imparable, sin que fuera descartable ninguna catástrofe adicional.
Hay otra cuestión que también contribuyó al fracaso del golpe y es que los objetivos del general Armada y los del teniente coronel Tejero eran muy diferentes. Si Tejero llega a ceder a los deseos de Armada, el golpe hubiera podido triunfar, sobre todo a la vista de las insensateces que lo hicieron posible.
El silencio de Sabino Fernández Campo es otra muestra de su inteligencia. No es probable que lo supiera todo acerca del golpe, pero si hubiera contado todo lo que sabe, se podría haber armado otra buena. Si todos hubieran hecho lo que debían en los tiempos previos al golpe, éste no se hubiera producido. Para saber quiénes fueron los que sí hicieron lo que debían basta con ver sus reacciones cuando se produjo. Nos salvamos del desastre gracias a muy pocos.

sábado, 23 de mayo de 2009

El director de La Vanguardia se luce

José Antich, el director de La Vanguardia, glosa, en su artículo de hoy, la visita de Felipe González a Barcelona, en la que aprovechó la ocasión para decir que Zapatero podría hacer más para combatir la crisis. Antich se muestra de acuerdo en este punto, pero en el artículo no se dan más detalles. Ni siquiera explica en qué dirección deberían ir esas cosas. Lo que interesa a Antich, se ve al final del artículo, es recalcar dos cosas: que Zapatero no trata bien la crisis y, sobre todo, que González lo critica públicamente.
Hubiera sido interesante conocer las medidas que propone el anterior presidente socialista porque él alentó el sectarismo, para sacarle provecho electoralmente. El sectarismo no ayuda a combatir la crisis, más bien ayuda a agudizarla. Así que lo que cabe inferir de la afirmación de Felipe González es que quiere recalcar que se considera superior a José Luis Rodríguez Zapatero. Algo ha hecho éste que ha despertado los celos del otro.
Pero como Antich sigue su hilo, aprovecha para hablar también de Aznar, cuya motivación para incordiar a Rajoy es diferente. El dedo de José María Aznar señaló a Mariano Rajoy, pero en lugar de haberse encogido luego para siempre, como correspondía, sigue tratando de hurgar en donde no debe, su dueño se empeña en estar en la palestra. Aznar tuvo la fortuna de parecer, en un momento dado, mucho más grande de lo que es, pero él se empeñó en recobrar su talla normal y lo consiguió. Y ahora añora aquello que parecía ser y no es.
La cuestión es que el director de La Vanguardia dice que González y Aznar se comportan de un modo y en cambio Pujol nunca se mete con Mas, luego Cataluña es diferente, o sea, es mejor.
Pero imaginemos otra cosa. Supongamos que el 23 de febrero de 1981, Jordi Pujol todavía no ha cedido su escaño a Carles Alfred Gasoliba i Bohm. Cabe entender que en ese momento, Pujol no querría ser como los tres que defendían o representaban a España, Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Por no ser como ellos, se tiraría al suelo y se haría unos cuantos moratones.