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sábado, 5 de agosto de 2017

Mi peluquero de peluqueros

Días atrás fui a mi peluquería de peluquerías a que me cortaran el pelo. Mi peluquero de peluqueros cogió las tijeras de tijeras y se puso manos a la obra.
Cuando supo que le llamaba peluquero de peluqueros protestó. Es rara la vez que corta el pelo a otro peluquero, se apresuró a informarme. Es obvio que el hombre tiene entre sus saberes el de cortar el pelo, pero no está al día en cuanto a lo políticamente correcto. Pero ese detalle también contenía una información valiosa para mí. No está como una cabra. Es aconsejable ponerse en manos de un peluquero que conserva la cordura. No creo que sea prudente dejar que le corte a uno el pelo, o que le afeite, un Puigdemont, un Cucurull, un Junqueras, o un Espot.
Hay que tener en cuenta, también, que conservar el juicio no es fácil. Tiempo atrás, era palpable y evidente que Zapatero nos llevaba a la ruina y la gente le seguía apoyando y votando y hasta que la catástrofe no alcanzó magnitudes considerables no hubo modo de despegarlo de la poltrona. Y antes de eso hubo una guerra que pudo y debió haberse evitado, pero como no se actuó así, sino en plan matón, sobrevino una desgracia cuyas consecuencias todavía perduran. Parece que no ha servido de lección, pero el peluquero no tiene ninguna culpa, hace su trabajo, vota, quizá bien o acaso mal, o a lo mejor no vota, pero el mal lo hacen otros, los que manejan o quieren manejar sus impuestos y los míos.
La economía española ya no es la que dejó Zapatero, sino que ha mejorado mucho. Zapatero se ha ido a Venezuela, a apoyar a Maduro y hacer creer lo contrario. Su sucesor también apoya a Maduro, lo prueba su cercanía con el coletas. Sánchez parece decir que el malo no es Maduro, sino Rajoy.

martes, 6 de enero de 2015

Tras el partido del Valencia CF

No puede decirse que me interese el fútbol, porque de hecho mientras se estaba jugando el citado partido estaba en la terraza de un bar, mientras el interior del mismo estaba abarrotado de gente que gritaba e insultaba.
El caso es que dada mi condición de lector de prensa pude enterarme en los días siguientes que los jugadores del Valencia homenajearon a los del Real Madrid antes del partido y que los catalanistas de turno criticaron ese gesto tildándolo de sumisión a los españoles, pero escrito sin la eñe, e incluso hablando de autoodio. Los catalanistas valencianos son los peores, porque encima que defienden una chorrada, lo hacen con una que ni les va ni les viene. Se da el caso curioso de que hay catalanistas valencianos que no saben hacer la o con un canuto, pero llaman ignorantes e incultos a los demás, con la peregrina idea de que todos los científicos del mundo...Cucurull y Bilbeny, por ejemplo.
Para tener autoodio hay que comenzar por odiar. Y precisamente es la doctrina nacionalista la que se basa en el odio. También la de esos impresentables de Podemos, que se han puesto a cazar enemigos. Se les llena la boca de democracia, como a los nacionalistas, cuando ni unos ni otros aceptan las críticas.
Quienes me acompañaban en la mesa me preguntaron que si no me gustaba el fútbol (luego nos fuimos todos de allí, indiferentes al resultado). Contesté que desde que mueve tantos millones ha dejado de interesarme, porque no me gusta que me tomen el pelo.
El fútbol ha propiciado que en Valencia se desgracien dos barrios. Que Bancaja diera un préstamo que jamás debió dar y lo hiciera con el aval de la Generalidad. Que en la construcción del nuevo campo, en un lugar claramente inapropiado, murieran cuatro personas. Y todo eso para que el club haya acabado en manos de un extranjero. ¿Por qué se emocionaban esos aficionados si el club no es suyo?