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martes, 19 de abril de 2016

La situación en Grecia

El artículo de Enrique Arias Vega pone sobre la pista de lo que ocurre hoy en Grecia. Tsipras tiene grandes dificultades para conseguir los objetivos propuestos, principalmente porque los griegos tienen una visión distorsionada de su propia realidad.
En esas condiciones resulta difícil dilucidar si los griegos que cumplen con sus obligaciones fiscales son héroes o tontos. Los que pueden se han llevado su dinero fuera del país. Es habitual en Grecia cobrar en negro todo lo que sea posible. Los que pagan, bien sea porque no pueden burlar al fisco o porque sean ciudadanos conscientes, han de llevar una carga muy superior a la que les corresponde. Pero son los que sostienen a Grecia.
Si todos los griegos fueran realistas, asumieran sus errores y confiaran en sus virtudes, Grecia podría salir del hoyo rápidamente, pero no es así y el calvario se adivina largo.
No puede quejarse Tsipras de que los griegos tengan una visión de las cosas tan alejada de la verdad, puesto que él y su partido contribuyeron grandemente a deformar la realidad. Es lo mismo que hacen los populistas y los nacionalistas en todos los lugares en los que se les deja predicar. En lugar de emplear la lógica para dirigirse a su auditorio, inventan patrañas y quimeras históricas, falsean la realidad, distorsionan o inventan el pasado y señalan un enemigo. Esto último es fundamental. 'La gente', como les gusta decir a ciertos indeseables, necesita un enemigo sobre el que volcar la rabia almacenada, las frustraciones propias de quienes no saben por dónde van, ni que necesitan, y el gusto por sentirse arropado, al coincidir con otras muchas personas que también están llenas de odio y frustración.
Una vez conseguida esa masa de votantes, que además son muy fieles, quizá se consiga llegar al gobierno. Conseguido esto, gobernar con cordura es difícil. Si se sigue alimentando el gusto de esas masas el final es como el de Venezuela.
'Paris-Austerlitz'
'Internet negro'
'Manual de insultos para políticos'
'Los hombres que susurran a las máquinas'
'Al pie de una pared sin puerta'
'A pesar de los pesares'
'El árbol del silencio'
'El bucle'

domingo, 9 de junio de 2013

Esa asesina de Benejúzar

Quienes saben encontrar justificaciones para el asesinato que cometió la señora de Benejúzar que prendió fuego al violador de su hija no deben quejarse si los proetarras también las encuentran para los atentados etarras.
Nuestra sociedad tiene unas leyes que podrán ser mejores o peores, pero son las que hay y mientras no se cambien hemos de regirnos por ellas. El violador ya fue juzgado y condenado. Si a esta señora no le parecía suficiente la condena lo que debía hacer es recoger firmas para que se cambien las leyes, como hacen otros. En lugar de eso cometió un delito peor que el que quiso vengar.
Es curioso que ahora se recojan firmas pidiendo el indulto para ella y se hable del calvario de la mujer.
¿Es que quienes recogen firmas están de acuerdo con la pena de muerte? Una pena de muerte cruel además y perpetrada a traición.
La investigación llevada a cabo para descubrir al violador y presentar pruebas al tribunal costó mucho dinero, que fue pagado con los impuestos. El juicio mediante el que fue condenado, también costó mucho dinero a la sociedad. Y esta señora no estuvo de acuerdo con el trabajo que hizo la sociedad por ella y decidió tomarse la justicia por su mano. Si todos hicieran igual, ¿para qué la policía y para qué los jueces?
Lo peor de todo es la actitud de profesionales de la justicia y activistas del feminismo, que piden el indulto para la asesina. Lo de la capacidad del gobierno para conceder indultos arbitrariamente también tiene tela. Que profesionales del periodismo hablen del calvario de una cruel asesina y que los directores de los medios publiquen esos reportajes tal cual tiene delito.
Esta mujer le ha hecho más daño a su hija que el violador.
No es de extrañar en estas condiciones que los proetarras logren confundir a mucha gente con su infame manera de interpretar las cosas. Abundan quienes no tienen clara la línea que separa la vida decente del delito.