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lunes, 30 de marzo de 2009

El presunto asesinato de Juan Pablo I

El periódico Levante-EMV da noticia hoy de un libro de Jaume Barallat, ex sacerdote e historiador, titulado “Por qué matar a Juan Pablo I”. Según cuenta el periódico, Barallat dijo que los perdedores del Concilio Vaticano II se sentían muy inquietos ante lo que representaba el electo Papa. De sus investigaciones resulta que hubo una serie de acciones determinadas que tendían a un fin. No hay pruebas, pero a Barallat no le cabe ninguna duda de que fue un presunto asesinato. Como esto último va entrecomillado en el artículo periodístico, cabe pensar que lo dijo de este modo.
Yo no lo hubiera dicho así. Hubiera dicho que dadas las circunstancias no se puede descartar el asesinato, o que las posibilidades de que fuera asesinado son grandes, etc. La palabra presunto se viene colando las más de las veces de modo indebido. No se debe hablar de asesinato hasta que no lo dictamine un juez, pero menos se puede sospechar de un presunto asesinato.
En otro orden de cosas, y con respecto al contenido anunciado del libro, no cabe duda de que fue un grave error del Vaticano no permitir la autopsia del citado pontífice. Dadas las circunstancias en que se produjo su fallecimiento, era un trámite indispensable. Los tiempos cambian. Lejanos han quedado aquellos tiempos en los que el Papa, los obispos o los curas podían decir lo que se les ocurriese y ¡ay! de quien osara no seguir sus instrucciones. En la actualidad, si nombran cardenal a un zote ya se sabe que es por su habilidad en las artes de la lisonja y la adulación.
Hoy en día todo se somete a examen, como prueba el citado libro, y del dato aparentemente más irrelevante se pueden sacar a menudo jugosas conclusiones. Sobre todo, si se relaciona con otros muchos pequeños o grandes datos que apuntan en la misma dirección. De modo que si la muerte de Juan Pablo I fue accidental, al no haber hecho la autopsia, se puede pensar cualquier cosa.

lunes, 13 de octubre de 2008

La beatificación de Pío XII

Mientras el hambre mata todos los días a un gran número de personas, y en la actualidad aún más, dada la crisis en la que está sumido el mundo, los Papas dedican sus esfuerzos a canonizarse unos a otros. Se ignora qué beneficios puede tener para la humanidad este detalle. Hace poco, este mismo Papa, Benedicto XVI, alertaba sobre la pérdida de influencia del cristianismo, pero no dio en pensar, pues no lo dijo, que ello debe ser tenido como un fracaso de las jerarquías eclesiásticas. Con sus actitudes, en lugar de atraer a la gente, la espantan. Los cardenales españoles siempre se están inmiscuyendo en la política, mientras las personas desesperadas por cualquier motivo tienen más tendencia a recurrir a El Pocero que a ellos.
Con respecto a la beatificación de Pío XII, han surgido dudas motivadas por su actitud con los nazis. Pero entonces Benedicto XVI da su propia interpretación sobre el asunto y ya está. Pues no debería ser así. Los propios Papas han establecido su infalibilidad, pero esto no se lo creen ni ellos. Baste recordar los hechos de algunos de ellos. Yo propondría ahora la de los cuatro o cinco que intervinieron en el proceso del Cardenal Carranza. Aún hay algunos que lejos de avergonzarse, con tal de defender a los Papas, siembra de dudas la conducta del Cardenal. Probablemente fue mucho más ejemplar que los Papas que le tuvieron preso.
Mucha gente muere de hambre en el mundo, pero al Papa actual, cuando vino a Valencia, le hicieron una habitación nueva, llena de lujo, total para una noche. Y le pusieron a los ricos bien cerca, en un palco VIP. Más interesante que la beatificación de Pío XII sería que entregara los restos de Juan Pablo I a la ciencia, para que el mundo pueda conocer los motivos de su repentina muerte.