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lunes, 1 de junio de 2009

De los Reyes Magos a Herodes

Contaba ayer Josep María Espinàs en El Periódico que un lector suyo le escribió para decirle que, a pesar de que es cristiano practicante, hay muchas historias del cristianismo que le irritan. Entre ellas cuenta la de los Reyes Magos, los bobos de la historia según él, porque avisaron a Herodes de que uno de los niños que había nacido estaba destinado a ser el rey de los judíos. Dice más cosas, que se pueden leer en el citado artículo. Supongo que el Vaticano tendrá una explicación plausible de tal evento, y si no ha podido encontrar una que satisfaga por completo todas las dudas, habrá declarado dogma de fe lo que haya dicho y santas pascuas.
Lo cierto es que los Reyes Magos son imprescindibles para los niños. Ellos, que todo lo investigan y todo lo quieren saber, no van muy allá en sus pesquisas sobre estos personajes. Se aferran a ellos con todas sus fuerzas y tratan de mantener su ilusión hasta que acaba por resultarles imposible. Suelen enterarse en la calle, porque los padres son incapaces de quebrarles la ilusión. Cuando por fin ocurre lo inevitable, lo que hacen los aún niños es inventarse otra ilusión, otro mundo mágico que permita seguir soñando. Y muchas veces este mundo ilusorio se mantiene hasta la vejez.
Lo de Herodes es otra cosa, es una pesadilla tan terrible como la que más. Porque Herodes tiene una existencia real, y no hay uno sino una multitud. Los Herodes son todos esos que viven presa de los celos, que al no ser capaces de contener su envidia vigilan hasta el último detalle de sus subordinados. No toleran el criterio ajeno, salvo que coincida exactamente con el que han expresado ellos antes, exigen la sumisión absoluta y procuran que nadie adquiera más protagonismo que el que ellos le han concedido. Por eso nuestra clase política es un solar, las instituciones no funcionan, muchas empresas van a la quiebra.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Milan Kundera

La vida nos obliga a estar continuamente juzgando, puesto que siempre se nos presenta más de una opción y no nos queda más remedio que averiguar cuál es la más justa, más conveniente o, en su defecto, menos mala. Pero llevar el juicio más allá de lo que estrictamente se necesita es aventurado y denota un escaso respeto por la justicia. Porque una cosa es juzgar por obligación, en algo que le atañe a uno mismo y cuyas consecuencias le van a afectar. Juzgar sin necesidad, hay que decirlo bien claro, es de bellacos.
El caso es que hace poco ha corrido la noticia de que Milan Kundera había delatado a un espía, con el resultado de que éste había sido condenado a 22 años de trabajos forzados en las minas de uranio. Lo cierto es que, según contó ayer la escritora Monika Zgustova en El País, se dio crédito a la noticia muy precipitadamente y sin contrastar su veracidad. Lo que ocurrió, atendiendo a su relato, es que el espía, llamado Dvoracek, solicitó alojamiento a su amiga Militka. Ésta le dijo a su novio, Dlask, que no la visitara esa noche porque iba a estar con Dvoracek. El presidente de la residencia de estudiantes, en la que vivía Militka, era el también estudiante Milan Kundera. Esa misma noche fue arrestado Dvoracek.
Ahora resulta que en la denuncia figura el nombre de Milan Kundera, aunque no aparece su firma por ningún lado. De modo que ningún tribunal de justicia de un país democrático podría, ni siquiera, tomar en consideración la denuncia. El nombre del genial escritor es muy fácil de escribir y si a este dato le añadimos el cargo que tenía en aquel momento, no resulta tan extraño que figure su nombre. Sobre todo si quien efectivamente puso la denuncia no quería que figurara el suyo. Es lógico pensar, por otra parte, que el novio de Militka tuviera celos y no quisiera que ella lo supiera. Y tampoco hay datos para echarle las culpas a él.
En realidad, el principal culpable es el espía, por ponerse en manos de terceros. Al final, resulta que eran muchos los que estaban al tanto de la situación.