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jueves, 23 de agosto de 2018

Los barones socialistas

Dicen que se están inquietando, pero no; lo que ocurre realmente es que tienen unas tragaderas como un bebedero de pato.
Se dan cuenta de este monstruo de Frankenstein, que es el gobierno, no puede hacer frente a los graves problemas que tiene sobre la mesa y recurre a trucos propagandísticos que disimulen la realidad.
Parece que el asunto más importante es Franco, cuando ya lleva tantos años muerto… La actitud de los socialistas tras la muerte del dictador también servirá a los historiadores para analizar su figura. Ellos, al menos no todos, no se dejarán enredar por estas cortinas de humo. También se darán cuenta los historiadores, como se la da todo aquel que vivió en aquella época, que dada su ambición sin límites, que Pedro Sánchez habría sido un acérrimo, aunque es obvio que se habría cambiado la chaqueta en cuanto le conviniera.
Este gobierno es prisionero de los traidores catalanistas, que aunque no les conviene que caiga sí que saben aprovechar su debilidad para encrespar los ánimos más y más, para amenazar y amedrentar a quienes no piensan como ellos, mientras el chulito Borrell mira a otra parte, Marlasca hace como que no se entera, Conde dice tonterías, y por ahí todos. Bueno, el astronauta está entretenido mirando los tuits de los futbolistas, para ver si puede contestar a alguno y se marca un tanto.
También es prisionero de Podemos, que quiere la ruina inmediata para España. Estos podemitas deben de estar mirando con envidia lo que sucede en Venezuela y les sabrá mal que eso no ocurra en nuestro país. Para que sea así, están proponiendo, de modo imperativo, una serie de medidas al gobierno, y aquí también se calla el economista Borrell, mientras el economista Sevilla se ha subido a una higuera a decir chorradas.
Pero no son esos todos los socios del gobierno, hay más y son del mismo estilo.
Y los barones cuidando sus sillas, eso sobre todo.

jueves, 26 de julio de 2018

Las obsesiones de El País

En la que fue, sin duda, la época más gloriosa de El País hubo una disputa Jesús de Polanco y Felipe González, que, al parecer le negaba algo al primero, o le urgía a ajustarse a lo convenido.
El entonces conocido como Jesusito del Gran Poder le dijo al presidente del gobierno que no le resistiría tres editoriales. En otra ocasión también dijo que no había cojones para negarle no sé qué, que, por supuesto no se le negó y además se le hizo trato de favor. La cuestión es que aquellos tiempos se han acabado y ahora la prensa vive de las subvenciones y el caso en que se ve más clara esta realidad es en La Vanguardia, que se ha convertido en un periódico para locos de atar. A alguno en tiempos no muy lejanos le habrían puesto una camisa de fuerza y no cabe duda de que le habría venido bien, porque le habría bajado los humos y puesto en contacto con la realidad.
El País, ya sin Polanco, lanza una insidia tras otra sobre el máster de Pablo Casado, pero no dice nada sobre el doctorado de Pedro Sánchez, del que también Borrell se abstendrá de hablar. Y Solbes, y Sevilla. No me olvido de Sebastián.
En ese doctorado tiene una mina el diario El País. Puede explayarse hablando de la calidad de la tesis, de su extensión y del Tribunal que se lo otorgó. Esos que pregonan el igualitarismo como piedra pómez de sus creencias no desaprovechan ni una sola de las ventajas que les ofrece la vida, ni rehúsan los privilegios y los tratos de favor. Si les apetece ver una corrida de toros o escuchar a un cantante en directo no dudan en usar un avión para llegar a tiempo. Seguramente, a El País eso le parece bien. O no tan grave como otras cosas.

lunes, 23 de enero de 2012

Nos hemos de rascar el bolsillo

España no es uno de esos países serios en los que quien la hace la paga. En España la paga según quién. A uno de los máximos responsables de que Bancaja esté en una lamentable situación le están buscando trabajo, pero no uno cualquiera, sino uno en el que se le pueda pagar un sueldo estratosférico. Otro banquero de esos que dicen que hay que recortar salarios y pensiones, se ha jubilado con casi 60 millones de euros.
En cambio, lo que le toca al ciudadano de a pie es pagar. Si Rita tiene el capricho de la Fórmula 1 y el Puente de las Flores, hay que pagar. El ciudadano de a pie paga, porque hay que poner a Valencia en el mapa.
Si Artur, ¡Cielo Santo, Artur!, ¡Nada más que Artur!, o nada menos, se empeña en tener embajadas catalanas y en propagar que España nos roba, o sea que España les roba a ellos, pues el ciudadano de a pie, viva en Barcelona, o viva en Sevilla, tiene que rascarse el bolsillo. ¿Qué sería de CiU sin toda esa serie de chorradas que tan caras nos cuestan? Pues nada, no sería nada. Desaparecería del mapa. De modo que el ciudadano de a pie tiene que rascarse el bolsillo.
El ciudadano de a pie tiene que rascarse el bolsillo para pagar muchas cosas de las que se podría prescindir tranquilamente sin que nadie notara nada. Televisiones que acabarán cerrando irremisiblemente por falta de audiencia, entre otras muchas cosas. El ciudadano de a pie ha de pagar muchas cosas que sólo convienen a la clase política. Uno le dice a alguien del PP: El CVC es perfectamente prescindible. Está en el Estatuto, es la rápida respuesta del político. ¿Y por qué está en el Estatuto? ¿Y qué necesidad había del Estatuto? En España, los políticos (la casta), hacen y deshacen a su antojo. Y el papel que se le reserva al ciudadano es que se rasque el bolsillo, en un gran número de ocasiones para pagar estupideces.

martes, 19 de enero de 2010

Copiar en los exámenes

Visto desde cierto ángulo no deja de ser injusto que si en un examen hay diez copiando y sólo pillan a uno éste se lleve un suspenso y los otros nuevo quizá un sobresaliente, pero si se permite copiar, porque “examinarse es un derecho del alumno”, con ello desaparecerá la tradición artesana con la que hasta ahora se ha intentado burlar la prohibición.
Famoso fue en su día el caso de aquellos dos examinandos que daban muchos golpecitos sobre la mesa con el lápiz, hasta que en un momento dado el examinador comenzó a dar golpecitos también con el suyo. Luego explicó que había dicho lo siguiente: “Yo también sé Morse. Estáis suspendidos”. No trascendió si esos dos habían hecho lo mismo, con éxito, en otros exámenes. También los hubo que recurrían a la tecnología en tiempos en que todavía estaban muy lejanos los móviles, pero los trucos de este estilo sólo servían para pocas veces, puesto que una vez descubierto ya no se podía repetir.
Lo más habitual consistía en hacer chuletas, muchas veces, verdaderas obras de artesanía. Tal vez, al confeccionarlas, el estudiante aprendía lo suficiente como para no tener que utilizarlas. Creo que algunos incluso las vendían. Eran verdaderas obras de arte que luego había que aprender a manejar, memorizando también dónde estaba cada cosa. Otros, u otras, sumamente atrevidos, escribían sus chuletas en partes muy íntimas, contando con que aunque el profesor, o profesora, sospechara algo, difícilmente se atrevería a pedir que les mostraran la zona. Tampoco faltaban, o faltan, los profesores que tienen un tornillo suelto y enseguida se imaginan, sin que sea verdad, que alguien está copiando. Este es un peligro que los alumnos han de sortear también. Si se generaliza la nueva normativa de la Universidad de Sevilla, desaparecerá el peligro y desaparecerá la artesanía. Quien haya olvidado un dato, lo consultará sin más y al no intentar disimularlo será más difícil que lo pillen.
'El fundamentalismo democrático'