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martes, 7 de enero de 2020

Ser emocionalmente español

La idea es trasnochada y parecía destinada al reino del olvido, pero dado que vivimos unos tiempos en los que lo retrógrado vuelve, quizá haya que seguir teniéndola en cuenta.
Por supuesto que he sabido de ella a través de unos infames catalanistas, porque todos los catalanistas lo son, y la he visto en un titular de prensa, aunque llamar ‘prensa’ a panfletos doctrinadores, dados a tergiversar, mentir e inventar, es un ejercicio ciertamente atrevido.
He visto el titular, pero no he entrado en la noticia, porque no me gusta que me tomen el pelo y porque el concepto, en sí mismo, es significativo.
La única patria para los ciudadanos decentes es la justicia y el amor al prójimo y a la verdad. Uno puede vivir en el sitio que ha nacido o en otro, pero su obligación moral es la de contribuir al bien común, y eso es contrario a cualquier doctrina nacionalista, porque todas todas están edificadas sobre la base del odio y el egoísmo. Y después de explicar esto, tan obvio por otra parte, ya puedo decir que todos esos obispos, curas, cardenales y monjas y madres superioras, que han abrazado los nacionalismos vasco o catalán son sinvergüenzas, y el papa que se lo consiente también.
No se puede ser emocionalmente español, eso es estar mal de la cabeza. Uno es español porque vive en España, en donde paga sus impuestos y trata de ser útil a la sociedad. Pero más que español es un buen ciudadano, que es a lo que debe aspirar cualquiera. Un catalanista es un mal ciudadano, porque no intenta mejorar la sociedad en la que vive, sino hacer daño. Un catalanista, cualquiera de ellos, odia a España, menosprecia a España, y trata de hacerle daño a España, o sea, a los españoles. Un catalanista es un mal ciudadano y una mala persona.

sábado, 1 de abril de 2017

Tuiteros insultan a Pilar Manjón

Me sorprendería mucho estar de acuerdo con algo que haya dicho Pilar Manjón en algún momento, pero eso no significa que como víctima del terrorismo no le reconozca el derecho a toda la consideración del mundo.
El respeto a las víctimas del terrorismo, que tanto incordia a los terroristas, debería estar presente en el pensamiento de todas las personas que quieran considerarse ajenas al mundo del terror, al mundo de los infames asesinos que gozan sembrando la muerte y el caos.
La libertad de expresión es un logro democrático y el sentido del humor ayuda a sobrellevar los malos momentos con que a menudo nos obsequia la vida, quizá para ver de qué pasta somos. El caso es que tanto la libertad de expresión como el sentido del humor en manos de personas degeneradas sirven a los fines del terrorismo.
Un asesinato corriente acaba cuando termina la vida de la víctima, pero un acto terrorista no acaba nunca, aunque sí acabe la pena de cárcel que han de sufrir unos pocos terroristas, quizá menos de la mitad. Los terroristas no se conforman con matar, necesitan seguir humillando a sus víctimas y parientes, someterlas a la burla y el olvido, banalizar el daño hecho. Los que hacen chistes o lanzan tuits a costa de las víctimas del terrorismo, son cómplices, a sabiendas o de forma involuntaria, de los terroristas.
Los tuits que han lanzado contra Pilar Manjón son indignos de un ser humano. Me niego a reproducirlos aquí, por lo asquerosos que son. Dan a conocer con bastante exactitud la calidad humana de quienes los han emitido. Creo que no deberían permitirse tuits de ese tipo y ojalá hubiera un juez que encontrara el modo de castigar a quienes han pretendido ofenderla y humillarla de ese modo. Y ojalá la sociedad entera, salvo quienes todos sabemos, se diera cuenta de que esas cosas no se deben consentir.