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sábado, 23 de febrero de 2019

Arrimadas a Waterloo

En la política nacional se lucha barrio por barrio, casa por casa, habitación por habitación, y quien se duerme pierde su escaño. No basta con ser un honrado y eficiente gestor, hay que lograr la fama para obtener el favor de los electores.
En este sentido, Inés Arrimadas ha dado con un estribillo que a ella le funciona muy bien: «La república no existe, señor Torraaa», esgrimiendo una risa y empleando un tonillo con los que da a entender que considera que el tal Torra está ido, y lo cierto es que no parece que esté en sus cabales.
En vista del éxito, quiere explotarlo en Europa, y especialmente en esa parte de Europa que se llama España, desplazándose a Waterloo para decirle algo parecido a ese prófugo que atiende al nombre de Puigdemont y al que los suyos le llaman el Mocho. O sea, Arrimadas quiere acrecentar su fama a costa de Puigdemont, cosa que a éste le viene muy bien, porque a lo que tiene pánico es a que lo olviden. No lo podrán olvidar nunca, cada vez que alguien empuña un mocho de verdad, o sea, un mocho útil, se acuerda de ese inútil.
El anuncio del viaje de Arrimadas no ha sentado bien en muchos sectores, porque en política lo que es bueno para unos es malo para otros. Nada que ver tiene el asunto con lo que es bueno o malo para los ciudadanos, sino que hay que entenderlo como exclusivamente relacionado con los intereses de los políticos y sus partidos.
Si los ciudadanos votaran coherentemente y tras analizar concienzudamente las distintas opciones todo sería distinto. Pero como todo funciona como en un circo, en función del espectáculo que ofrece cada uno y aquí el que no hace trampas está perdido, el viaje a Waterloo es una estrategia más sensata que otras, como las de Pedro Sánchez, por ejemplo.

lunes, 22 de enero de 2018

Qué hacer con los mozos de escuadra

La última de ellos es que se ha descubierto que intentaron quemar la alerta de EE.UU. sobre el atentado de las Ramblas, ese que luego los impresentables catalanistas y otros emboscados quisieron cargar al Estado, cuando obviamente la culpa fue de los mozos y de Colau.
No cabe ninguna duda a estas alturas de que a la clase política se le fue la mano en el asunto de las Autonomías. Una cosa es que se acuerde la descentralización, para acercar la administración al ciudadano y otra muy distinta servirse de ella de modo artero y nocivo, además, para los bolsillos de los contribuyentes. Los sucesivos gobiernos de España han dado carta blanca a las Autonomías y como consecuencia de ello ha surgido un monstruo administrativo, lleno de artefactos llenos de funcionarios muy bien pagados cuya característica fundamental es la inutilidad.
¿Para qué querían las Autonomías que se les cediera la Educación? Se ha demostrado que para nada bueno. El Estado jamás debió abandonar a los niños dejándolos en manos de unos impresentables.
¿Para qué la Sanidad? Pues para enchufar a los suyos y enredar con los dialectos. Un médico que hable español no interesa en según qué sitios.
¿Para qué la policía? Si el Estado no hubiera cedido las competencias policiales las bandas terroristas que han surgido en España al calor de los nacionalismos no habrían podido cometer tantos atentados. La lucha contra el terrorismo se habría desarrollado con más posibilidades de éxito. Con respecto a los mozos de escuadra ya se ve el papelón que van haciendo día tras día. Urge su disolución.
Pero, sobre todo, si el Estado no hubiera cedido tantas competencias a las despilfarradoras Autonomías sería mucho más fuerte y, por tanto, habría podido resistir mejor los chantajes, desafíos y bravatas de ciertos impresentables, con mocho o con ensaimada.

sábado, 13 de enero de 2018

La opción Boadella

La idea de nombrar a Boadella como presidente en el exilio por vía telemática sirve para ridiculizar algo que ya es suficientemente ridículo por sí mismo.
Más dudoso es que sirva para que algunos de los locatis cambien de opinión, porque esos han perdido desde hace mucho la capacidad de raciocinio. Puigdemont, también conocido como el Mocho, los ha dejado en la estacada, huyendo a Bélgica, y a pesar de eso lo han votado. Más grave es que por su culpa la economía catalana, y por tanto la española, ha sufrido un grave perjuicio y tampoco se lo tienen en cuenta.
No sólo él ha traicionado a los catalanes. Los que van pasando ante tribunales, o intentan tomarles el pelo, con el cuento de que son hombres de paz, o se desdicen totalmente de todo lo anterior, dejando en la estacada también a todos esos que un día u otro tendrán que responder ante la justicia, y también al resto de los locatis. Pues nada, estos no se mueven, siguen en lo alto de ese monte llamado locura.
La idea de Tabarnia como puesta en escena para que los locatis no tengan más remedio que percatarse de sus contradicciones y estupideces no sirve, porque lo único que les puede hacer renunciar a su capricho, como se va viendo, es hacerles pasar una temporadita en la cárcel y para que los encierren tienen que cometer un delito, tener un capricho simplemente no lo es.
De modo que lo de Tabarnia hay que planteárselo en serio y olvidar las chirigotas y las bromas. Hay que dar los pasos para que sea una realidad, habilitando un partido nuevo, si los que ya existen no se quieren hacer cargo del asunto y plantear las propuestas de forma oficial en donde corresponde y entonces será cuando comience la diversión de verdad. Los diarios de sesiones de las fechas en las que se debata el asunto serán dignos de guardar.