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martes, 15 de noviembre de 2011

Rajoy no será valiente

Por mucho que Rajoy anuncie que será valiente, sabemos que no lo va a ser. En realidad, ese anuncio suyo debería llenar de pavor, puesto que dado el gusto de los políticos por los eufemismos y de querer hacer pasar las cosas por sus contrarias, ya se sabe que los más indefensos van a pagar las consecuencias.
Si Rajoy fuera valiente ya le hubiera ordenado a Ruiz-Gallardón que se pague al mayordomo de su bolsillo. Y a Esperanza Aguirre y Ana Botella (la de las dos manzanas), que hagan lo mismo con los lujos equivalentes que puedan tener.
Ser valiente, en contra de lo que puedan pensar los dueños de los bancos y otros ricachones no consiste en abusar de los funcionarios y los pensionistas, sino en suprimir todos los excesos de esta que llamamos democracia, ilusoriamente, y acometer las reformas necesarias, incluso de la Constitución, para que realmente lo sea.
El Estado gasta mucho, pero si quita dinero a los funcionarios y los pensionistas, éstos consumirán menos y en consecuencia se agudizará la crisis.
Pero si les dice a Sus Señorías (hay que ponerlo con mayúscula, aunque para llegar a ser Sus Señorías hayan tenido que hacer mucho la pelota), que se paguen los móviles de su bolsillo, y se lo dice a todas las Señorías de España, el ahorro puede ser considerable, porque tengo para mí que todo lo que no charlan en los Parlamentos, en donde se limitan a apretar el botón que les mandan, el ahorro puede ser considerable.
Y este de los móviles sólo es el chocolate del loro. Hay muchísimos gastos, establecidos sólo por el capricho de los políticos, que no repercuten en ningún beneficio para los ciudadanos, ni responden a ninguna necesidad previa. Ah, poner orden en todo esto sí que sería valiente, pero se encontraría con las reticencias y la oposición de cierta clase política. Pero podría consensuar estas medidas con todos los partidos que quisieran unirse. Y cederles la parte de los méritos que les corresponde. En este caso, el ahorro sería estratosférico y saldríamos de la crisis muy pronto.

jueves, 17 de enero de 2008

Rajoy debe dimitir

Ahora ya ha quedado claro que Rodrigo Rato no regresó a España para dedicarse a la política. No, puesto que Aznar sigue mandando en el PP. También se ha demostrado que Rajoy no merece ningún crédito. Durante toda la legislatura Zaplana y Camps han mantenido un duelo nada edificante. Y ni el partido ni Rajoy han sabido darle fin. Rajoy ha respaldado a Camps en Valencia y a Zaplana en Madrid. Como suele ocurrir, el debate entre ellos tampoco ha sido ideológico, sino de poder. En lo ideológico a lo mejor no están tan alejados. En Madrid ha habido una pugna similar entre Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre y en este caso no ha podido contentar a los dos y ha vencido la segunda. Rajoy ni ha sabido poner orden y eso se hubiera conseguido obrando con justicia, o intentándolo, y explicándoles a los contendientes qué es lo que los ciudadanos esperan de ellos.
También se entiende que Ruiz-Gallardón montara tanto ruido, porque sabía que ésa era su única posibilidad de estar en las listas, cosa que al final no ha conseguido. Esperanza Aguirre venía diciendo que debe utilizar los cauces establecidos, pero callaba que esos cauces su rival los tiene cerrados. Al final es una persona la que decide y lo hace sin tener en cuenta los intereses de los ciudadanos. Es paradójico que le pidan a la alcaldesa de Valencia, que no quiere, que vaya en las listas y que al alcalde de Madrid, que sí quiere, le cierren las puertas. Y que alguien, como Pizarro, que acaba de aterrizar en el partido vaya de número dos.
Al final, se han entendido los motivos por los que Aznar prefirió a Rajoy y no a Rato. Rajoy siempre se ha sentido más en deuda con Aznar que con los ciudadanos. Fraga, al que no pueden hacer callar, ha dicho que la decisión de no incluir a Ruiz-Gallardón les quitará votos. No sé si será así, pero sí que ha servido para demostrar que no se puede confiar en Rajoy.
Si en el PP queda vergüenza, quienes la tengan deberían obligar a Rajoy a dimitir. Como solución tienen a mano a Rodrigo Rato, que éste no se iba a sentir deudor de Aznar. Por otro lado, ante la crisis económica, Rodrigo Rato inspira bastante más confianza que los Costa, Pizarro, etc.

miércoles, 16 de enero de 2008

Pizarro

El título también podría haber sido Ruiz-Gallardón. Porque lo que ocurre es que encima del tapete hay cosas muy importantes, en las que nos jugamos mucho, y todo se resuelve en dos o tres despachos, entre unas pocas personas en cada uno de ellos. Esta es la democracia que nos procuramos los españoles. Y es que, además, los razonamientos que se hacen quienes toman las decisiones, antes de llegar a ellas, no son del orden de las que Elisa Beni le atribuye a su marido Javier Gómez Bermúdez antes de dictar sentencia. Más bien tienen en cuenta cuestiones mezquinas, como los intereses o las conveniencias personales o de partido, nunca de los ciudadanos, a los que se nos pide, primero, que nos quedemos con la boca abierta cuando nos anuncian un fichaje, sea Garzón o sea Pizarro, y, luego, que les regalemos nuestro voto, con el cuál, sumado a todos los demás, piensan hacer maravillas. Por decisión personal de alguien, desapareció de la política Rodrigo Rato y, también sin que los electores dijeran esta boca es mía, Mariano Rajoy pasó al estrellato. Ahora, aparece Pizarro en los lugares cabeceros una lista en la que también va Zaplana. No figurará en ella Ruiz Gallardón. ¿Por qué los deseos de Esperanza Aguirre priman sobre los de los votantes? ¿Qué hubieran dicho éstos si se les hubiera preguntado? Tampoco se entiende, por otra parte, la tristeza de Gallardón. Es lo que tiene eso de dedicarse profesionalmente a la política. Lo que importa en este caso y en otros similares es el método. Si queremos vivir en democracia hemos de desear que al menos los grandes partidos estén dirigidos por personas con fuertes convicciones democráticas. El método digital, que nos disminuye a los ciudadanos y nos reduce a meros dispensadores de aplausos, se extiende por doquier y llena las listas de cuneros y damnificados y si primero fue J.I. Pla, quien fue defenestrado para dar paso a De la Vega, ahora ésta ha de ver como encabeza las listas del partido rival quien la acusó irresponsablemente. Peor hubiera sido que le hubiera echado una sandía a la cabeza.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Jaime Mayor Oreja

El político vasco ha concedido una entrevista al diario ABC, que firma Ángel Collado, y en ella se muestra no como un político deseoso de trabajar por los ciudadanos, de procurarles el mayor bienestar y el máximo grado de justicia que se pueda alcanzar, sino como un mando militar en tiempo de guerra. Jaime Mayor Oreja no duda, sino que muestra todo un abanico de certezas; anticipa, sin asomo de vacilación, lo que van a hacer sus rivales políticos. No deja que los ciudadanos formen su propia opinión, sino que explica él lo que sucede y lo que va a suceder. Dice que es muy importante que el PP gane las elecciones, y lo debe de ser para él. El ciudadano normal sabe que gane el PP o lo haga el PSOE va a tener que seguir trabajando igual y en muchos casos pasando apuros para poder pagar la hipoteca. El propio Mayor Oreja muestra, en la entrevista, mucho interés por España, la nombra varias veces, ¿pero qué papel nos concede a los españoles? ¿Hemos de limitarnos a votar a quien él nos ordene? Hay que escapar de las impresiones superficiales, dice. Y como prueba de pensamiento profundo afirma que el único nombre propio que hay en Partido Popular es Mariano Rajoy y que lo que pide Ruiz-Gallardón es competencia exclusiva del líder del partido y que lo hay que hacer es ponerse a su disposición, para que decida lo que crea conveniente. Es decir, Mayor Oreja está total y absolutamente de acuerdo con el método digital que tanto aleja a los políticos de los ciudadanos, puesto que no necesitan trabajar para quienes les votan, y escucharles, sino que han de preocuparse por complacer a quienes les ponen en las listas. El propio Mariano Rajoy fue elegido por el dedo de Aznar y por lo visto cree que este hecho le deslegitima para desprenderse de los colaboradores que le fueron impuestos. Pero no es así. Una vez al mando del PP, se debe única y exclusivamente a los ciudadanos. El relevo de los colaboradores no estaría mal visto. Creo.

martes, 28 de agosto de 2007

Pedro J. y Ruiz-Gallardón

El director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, escribió un artículo en el que se refirió a la ya muy conocida salida de tono de Alberto Ruiz-Gallardón, mediante la que se postuló para figurar en las listas del PP en las próximas elecciones generales. A estas alturas ya es muy sabido que el interés de Pedro J. consiste en vender muchos periódicos y también que Ruiz-Gallardón no le sirve demasiado en este propósito, puesto que se decanta más por El País, su competidor. Evidentemente, merecerían ser tenidas en cuenta muchas de las cosas que dice Pedro J. , si no fuera porque principalmente van destinadas a influir en el dedo de Rajoy, que es el que teóricamente señala quien debe ir en las listas y quien no. Y este es el meollo de la cuestión. He aquí los motivos por los que los políticos se ven obligados a ganarse la voluntad del jefe en lugar de la de los electores. Con las listas abiertas, o cualquier otro procedimient0 que implicase una mayor participación de los ciudadanos en la cuestión política, quizá no hubiesen salido elegidos Zapatero, Rajoy, Ruiz-Gallardón o Montilla. Los políticos se relacionarían de otra forma entre sí, pero es que también tendrían que modificar su forma de hacer política. Con listas abiertas, no es probable que los valencianos nos viéramos obligados a soportar, y pagar, a la fenicia AVL, porque cualquier político, fuera del partido que fuera, que se comprometiera a procurar su disolución obtendría un gran caudal de votos. Del mismo, quienes en Cataluña propugnaran por destinar las subvenciones del Omnium Cultural a las guarderías, tendría mucho ganado. Y así, más o menos, en todas partes. Y no sólo se haría política de otro modo, y quizá viéramos caras diferentes en los Parlamentos; también tendría que ser diferente la forma de hacer periodismo, al menos en lo que a la faceta política se refiere. Pedro J., por ejemplo, no tendría que convencer a los votantes del PP de que Rajoy haría bien desestimando la candidatura de Ruiz-Gallardón, sino que tendría que convencer directamente a los votantes para que votaran a otro, si esa fuera su intención.

martes, 21 de agosto de 2007

A propósito de Ruiz-Gallardón

Supongamos que las listas electorales son abiertas y que en los primeros lugares de la de Madrid, o de cualquier otra provincia, van Acebes y Zaplana y en el último lugar de la misma lista figura Ruiz-Gallardón. No es difícil imaginar que, en la actualidad, el último lograría más votos que los otros dos juntos. Y sin embargo, Acebes se ha mostrado irritado con Ruiz-Gallardón e incluso le ha “ordenado” callar, según informan algunos medios. Es decir, el preferido de los votantes está subordinado a la opinión y los deseos de quienes aportan menos votos al partido. Y es que con el actual sistema electoral, que quizá fue útil en el inicio de nuestra democracia, el votante no es más que el medio que utilizan los partidos alcanzar sus objetivos. Acebes y Pepiño Blanco, o acaso sean otros quienes lo hacen, pero para el caso es lo mismo, deciden quienes van en las listas y qué orden y luego los aparatos de propaganda del partido nos bombardean con mensajes publicitarios, pagando dichas campañas con nuestros impuestos. Uno de los efectos perversos de este sistema es que los candidatos a figurar en las listas no se ven obligados a ganar el favor de los votantes, sino de quienes deben incluirles en las listas. Como consecuencia, los políticos no se sienten servidores de los ciudadanos (una ministra dijo hace poco que sólo se iría si se lo pidiera el presidente), sino mandatarios suyos. Un político obligado a someterse a los caprichos de su jefe es un político ideológicamente disminuido. El sistema digital conlleva que Rajoy no se saque de encima el complejo de haber sido elegido por Aznar. ¿Con qué legitimidad le puede ordenar que calle? Tampoco puede desprenderse de Acebes o Zaplana, situados en sus puestos por Aznar. Un político como Ruiz-Gallardón, que sabe que cuenta con una bolsa de votos importante, se ve obligado a actuar de forma inusual y contradictoria, para no verse fuera de las listas.