miércoles, 7 de marzo de 2007

Ribarroja

Quizá sea correcto que los partidos políticos reciban donaciones de particulares y lo seguro es que resulta inevitable que suceda así. Pero lo que no debería ocurrir de ningún modo es que se hicieran donaciones a los ayuntamientos. Éstos representan a toda la ciudadanía y, por tanto, debe preservarse concienzudamente su dignidad. Los ciudadanos pagan sus impuestos y no tienen el porqué deber favores a nadie. Los ayuntamientos deben ajustar sus presupuestos de modo que sus ciudadanos sepan que la ciudad que disfrutan, o padecen, es fruto de su esfuerzo y no de otra cosa. Sin embargo, según informa el diario El País, el ayuntamiento de Ribarroja aprobó el presupuesto para este año, contando con que la mitad proceda de donaciones de los constructores. Me parece un grave error, puesto que aunque fuera verdad nadie puede creer que esos donativos sean gratuitos. Y en el caso de que lo sean, tampoco, como he dicho antes, los ciudadanos tienen el porqué sentirse en deuda con nadie. Por otro lado, quienes dan el dinero al final resultan ser los compradores de los pisos, a los que nadie va a agradecer nada. El asunto de los regalos de los constructores se vuelve más feo a la vista del documento que publica Las Provincias, que es una carta de un promotor, que lleva el sello del registro de entrada del ayuntamiento, en el que el primero ofrece 120 350 euros, una importante cantidad de ellos era para la caja. Si algún ciudadano quisiera beneficiar altruistamente a su ciudad, podría hacer el donativo directamente al asilo, si lo hay, a la banda de música o a la biblioteca, sin que el ayuntamiento tuviera que intervenir para nada. Pero se conoce que quienes piensan que todo lo que se puede hacer es correcto, o ético, son quienes llegan a los puestos de mando. Con estos métodos los ayuntamientos pueden tener más dinero, pero si sus responsables no han sabido cuidar las apariencias, también es presumible que descuiden el resto.

martes, 6 de marzo de 2007

España, el Sáhara y Marruecos

Son muchas las razones por las que España le conviene colaborar con Marruecos. Debido a nuestra vecindad, nos hemos tenido que encontrar muchas veces a lo largo de la historia. Y además de los lazos afectivos que pueden haber generado esos encuentros, conviene considerar también la enorme utilidad que para ambos países puede suponer la colaboración común. Y, por otro lado, tampoco conviene olvidar los puros sentimientos humanitarios. Hay mucha diferencia en el nivel de vida entre ambos países. Pero esa voluntad de colaborar con el vecino país no debería servir de excusa para que se olviden otras cuestiones, como el régimen dictatorial del país marroquí, que le lleva periódicamente a acometer aventuras intolerables para los españoles. Y mucho menos debería olvidar el gobierno español al pueblo saharaui. Decir que el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara Occidental debe "enmarcarse dentro de la legalidad internacional y de la ONU" es salirse por peteneras. La ONU es un organismo necesario y por ello viene logrando sobrevivir. Pero no es menos cierto que está desacreditado y que ningún país débil cree en su eficacia. Son muchos entre sus dictámenes los que han sido desoídos. Entre ellos los que tienen que ver precisamente con el Sáhara. Delegar en la ONU el cuidado de las obligaciones que el pueblo español tiene contraídas con el saharaui es lo mismo que olvidarlas. El pueblo saharaui es débil y algo de culpa en ello tiene España. Pero esta debilidad no supone que moralmente tenga menos derechos. Un saharaui también es un ser humano que vive, sueña y tiene derecho a creer en la razón. El pueblo saharaui sólo tiene un asidero, que es España. Esto nos obliga doblemente. No es correcto servirse de cualquier excusa para dejar de lado nuestras obligaciones. Si el pueblo saharaui si sintiese más fuerte o protegido sería menos sensible a las tentaciones procedentes de otros lugares.

lunes, 5 de marzo de 2007

Uriarte

Un individuo estaba en huelga de hambre. O eso se decía. El individuo se permitía el lujo de montar numeritos, como el de arrancarse la sonda. También apareció una indignante entrevista, con foto incluida, en un medio británico. La huelga tenía como justificación la, según él, situación injusta que padecía. La situación injusta consiste en que habiendo cumplido ya 18 años de condena por haber matado a 25 personas, considera que ya ha pagado suficiente. La autoría de los asesinatos es incuestionable, como el hecho de que si lo hubieran atrapado antes hubiera matado a menos y la presunción de que si lo hubieran cazado después el número de sus víctimas sería mayor. Por otra parte, el sujeto, ya en la cárcel, no disimulaba su contento cada vez que alguno de sus sanguinarios camaradas cometía un atentado. A un ciudadano cabal no le cabe ninguna duda de que en algo fallan las leyes cuando tal cantidad de atrocidades se salda tan fácilmente. Pero al mismo ciudadano cabal tampoco le interesa que se retuerzan las leyes con el fin de subsanar un defecto suyo. Lo que desea el ciudadano cabal es que primero se cumpla la ley y luego se la mejore. Es decir, el fulano de marras no podía quejarse de lo injusto de su situación, porque lo injusto es que sólo haya cumplido 18 años. Los otros 3 que motivaron su huelga tampoco pueden discutirse. El hecho de que haya forzado la situación, de que haya tenido tanta cobertura mediática y que haya conseguido vencer en su empeño, se debe a una conjunción de factores, ninguno de los cuales debió existir. Uno de esos factores se debe al obispo Uriarte, que medió ante el gobierno, para que flexibilizara el régimen penitenciario del recluso y medió ante el entorno del asesino. Olvidó monseñor que su papel ante el etarra debió consistir en ayudarle a tomar conciencia de su maldad y exhortarle a que se arrepintiera. Tampoco tuvo en cuenta que su acción supone un agravio para las víctimas de ETA, por lo cual pecó doblemente. Y tampoco recordó la obligatoriedad del cumplimiento de la ley.

domingo, 4 de marzo de 2007

Los adoptados

Resulta fácilmente comprensible que las madres que dan a sus hijos en adopción no deseen ser encontradas luego por éstos. Acaso si no fuera por esta condición muchas de ellas hubieran optado por abortar. También se entiende que haya hijos que deseen, por encima de todo, encontrarlas y que incluso estén dispuestos a perdonar o a comprender que los hubieran dado en acción. Sin embargo, cabe dudar de esa generosidad inicial. Si fueran tan generosos comprenderían que sus madres no deseen ser encontradas y que incluso en algunos casos pueden haber hecho un esfuerzo heroico. Sin embargo, hay otra cuestión en estos casos que requeriría un mayor esfuerzo por parte de la sociedad. Los adoptados pueden tener hermanos. En algunas ocasiones, grupos de hermanos, tras la convivencia familiar, han seguido viviendo juntos en algún orfanato, hasta que han ido siendo adoptados. ¿Por qué se les obliga a perder el contacto entre ellos? Eso es lo que se deduce de algunos de los comentarios que figuran en el artículo que escribí sobre la Casa Cuna Santa Isabel. Los hermanos en ningún momento han manifestado su deseo de perderse de vista unos a otros. Quizá hayan sido quienes los han ido adoptando los que han puesto esa condición. Evidentemente, no es justa. Las autoridades deberían hacer lo posible por ayudar en estos casos. También los hay que no habiendo conocido a sus hermanos, sospechan que los pueden tener. Quizá se pudieran poner anuncios públicos, en los lugares en los que presumiblemente podrían estar los posibles hermanos, por si alguien puede dar alguna pista. Es un asunto que acaso no resulte interesante para muchos, pero para los afectados sí que lo es. Sin embargo, la administración los tiene total y absolutamente olvidados. Me gustaría estar equivocado en este punto.

sábado, 3 de marzo de 2007

Cañizares

Yo quisiera que Inmaculada Echevarría optara por vivir, por haber encontrado, por sí sola o con ayuda, motivos para ello. Coincido en este punto, entonces, con el cardenal Cañizares. Discrepo con él cuando pretende imponerle la vida. Para imponer algo hay que tener poder. Ya se sabe que el poder corrompe. Por otro lado, el cardenal no debería ignorar que el arma más poderosa es la palabra. Por tanto, debería emplearla para intentar convencer a Inmaculada de que desista de sus propósitos. Tendría que convencerla, si ella accediera a tratar el asunto con él, de que la vida es bella y siempre hay un motivo para vivir. Pero tendría que asumir que quizá no lograra su propósito e Inmaculada siguiera deseando morir. En este caso, debería tener en cuenta de que una persona físicamente normal no encuentra impedimento si desea suicidarse. En estas condiciones, aprovecharse de las carencias físicas de la persona interesada para obligarle a lo que no quiere, no parece muy ético. Para que un acto sea bueno es preciso que haya sido realizado libremente. Por tanto, menoscabar la libertad no es un acto bueno. Por otro lado, ¿cómo sabe el cardenal que Dios no sabrá comprender la flaqueza de la mujer, si es que la hay? Quizá Cañizares hierra en la misión que se cree obligado a llevar a cabo. Acaso piensa que su tarea consiste en decir lo que está bien y lo que está mal y puede que lo deba hacer sea mucho más complicado, pues a lo mejor consiste en que debe llevar al convencimiento al mayor número de gente la necesidad de hacer el bien y no el mal, con la consiguiente obligación de explicar ambas cosas, el bien y el mal, y convencer también sobre ellas. Pero si le asusta esta tarea, no debería olvidar que el poder corrompe, debería evitar la tentación de buscarlo. El poder, en democracia, debe estar en su totalidad en manos del Estado, repartido entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Nadie más debería intentar apoderarse de él.

viernes, 2 de marzo de 2007

¿Enseñan los libros?

Se suele decir que todos los libros enseñan algo y damos por cierta la frase. Pero el mejor libro es la propia vida y quien no aprende de ella, difícilmente podrá sacar enseñanzas de los libros. Buscamos en nuestras lecturas aquello que ya hemos observado o intuido en nuestra existencia. Buscamos nuestros pensamientos desarrollados o vislumbrados desde otros puntos de vista. Y nos congratulamos si nos sentimos capaces de conmovernos con un pasaje que exprese sentimientos elevados o de singular belleza. Pero no todos los libros son dignos de leerse ni es posible evadirse de la sensación de haber perdido el tiempo tras la lectura de más de uno. En sus Grandes Almacenes de hoy, de Las Provincias, Rafa Marí da noticia de uno infame. Dados los párrafos que transcribe hay que darle la razón en este punto. Y convenir con él en que probablemente el autor se escude tras un pseudónimo. Pero no comparto su idea de que es imposible que su libro encuentre compradores. No debería descartar este extremo tan tajantemente. Por su parte, Arturo Pérez-Reverte, en su Patente de Corso, de El Semanal, contó el domingo pasado que había echado al mar siete u ocho tomos, no recuerdo el número exacto, de un autor inglés no muy ético, puesto que se las inventa como quiere. Dice que estaba leyendo una novela de ese autor, los anteriores los tenía en el lugar menos noble de su estantería, porque no lo consideraba bueno, cuando determinó echarlos todos por la borda. Probablemente, esos libros tampoco merezcan el honor de ser tragados por el mar. Quizá lo mejor hubiera sido regalárselos a algún vendedor del rastro. Pero lo que sugiere ese artículo es que al autor le falló el olfato. Tras haber leído seis o siete libros de ese fulano, aún tenía otro entre manos. Hay infinidad de libros publicados y leer uno de un autor del que desde el primer momento se debía de haber sabido que no podía aportar nada, es una total y absoluta pérdida de tiempo. Puedo aceptar que una vez comenzado un libro haya que llegar hasta el final, para no quitarle demasiado pronto al autor la posibilidad de justificar que lo haya puesto a la venta. Pero una vez visto que no hay nada, no se debe malgastar el tiempo.

jueves, 1 de marzo de 2007

Maltrato en la guardería

Según he podido leer en El país, una periodista de Telecinco pudo grabar con una cámara oculta los malos tratos que el personal de una guardería infantil infligía a los niños que tenía en custodia. Lo que más me llama la atención de este asunto es la respuesta que dio la inspección educativa: "Hay determinadas prácticas que son muy difíciles de comprobar. Se trata de una situación muy desagradable". Es similar a la que recibió un trabajador de un inspector de trabajo: “Es que lo que usted dice es imposible de probar”. En el primer caso, han tardado dos meses en actuar y ello es así porque Telecinco ya le ha cedido las imágenes. Terrible es pensar lo que hubiera sucedido si el canal de televisión hubiera actuado de otro modo. Y más terrible todavía resulta imaginarse la situación si la periodista no se las hubiera ingeniado para grabar las imágenes. En el caso del trabajador, la inspección de trabajo no ha hecho nada. Lo que se desprende de estos modos de proceder es que en ambos casos la inspección se desentiende de todo aquello que no pueda probar, de modo que las guarderías pueden maltratar a los niños y los empresarios a los trabajadores, siempre que empleen métodos “imposibles” de probar. Pero si la obligación del Estado y de las leyes es la de proteger a los débiles frente a los poderosos, es evidente que en ambos casos están haciendo dejación de funciones. La periodista supo encontrar el modo de probar algo y el Estado con muchos más medios no es capaz. Este caso ha ocurrido en la Comunidad Autónoma de Madrid, cuyo gobierno tiene las competencias transferidas. Pero no me extrañaría nada que repartidas por todo el territorio español hubiesen más casos similares. La defensa de los débiles sigue a cargo de Don Quijote. Nos podemos consolar pensando en que alguna vez alguien imaginó a un personaje capaz de encargarse de ella.