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sábado, 25 de diciembre de 2010

Artur Mas pide a Dios

Uno de los más conspicuos representantes de lo que Mario Vargas Losa, muy acertadamente, ha llamado plaga nacionalista. Dios ha permitido que la plaga llegue, y se instale. Cabe pensar que sin esa plaga la crisis quizá fuera de menos intensidad. Mas ha acabado por entenderse con Montilla, Dios los cría y ellos se juntan. Y Artur Mas ha aprovechado para decir que “Dios no quiera que el PP saque mayoría absoluta”.
Con ello demuestra que sus convicciones democráticas son más que dudosas, puesto que no se limita a aceptar los resultados electorales, sino que su intención es la de la influir en la intención de voto de los ciudadanos. A los nacionalistas les molestan las mayorías absolutas que obtienen los demás, puesto que les impiden hacer lo que más les gusta, que, como todo el mundo sabe, es el chantaje.
Los nacionalistas no sólo obtuvieron en el diseño de nuestro estado democrático mucho más de lo que en justicia les correspondía, que es menos de lo que ellos quisieran, porque en toda circunstancia quieren más, sino que luego, siendo absolutamente conscientes de que era injusto, han exprimido y exprimen, hasta más allá de sus posibilidades, todas las ventajas obtenidas.
No saben vivir sin violentar, sin prohibir, sin obligar a todos los que caen en su radio de acción. A quienes no comulgan con sus ruedas de molino les procuran la vida más difícil que puedan. A todos los que les critican les colocan enseguida el sambenito de nacionalista español, aunque con ello demuestren su doblez. Porque según ellos es bueno ser nacionalista catalán o vasco, pero es malo ser nacionalista español. No importa que Mario Vargas Llosa se haya referido a todos los nacionalistas, hay quien le acusa, siguiendo la táctica, de nacionalista español, el peor nacionalismo, dicen. Pues con Mas no tendremos más de lo mismo, sino más de lo peor.

'Factor Emocional'
'Leyendas de Bécquer contadas a los niños'
'Guía de supervivencia de Amelia frente a matones'
'El Quijote contado a los niños'
'La aventura del cálculo'
'Chitón. Historia de una infancia'
'Diario de Amelia'
'Antes de que se me olvide'

viernes, 12 de febrero de 2010

Lo que la fiesta del correbous enseña

Es sabido, y el que no lo ve es porque no quiere, que los nacionalismos se basan en el capricho, la tergiversación y la manipulación grosera de los sentimientos. No les importa a los nacionalistas sembrar la discordia donde antes reinaba la paz, ni fomentar el odio entre antiguos amigos e incluso entre familiares. Cuanto más odio hacia el otro (el que no piensa igual) haya, más seguros tienen los votos.
Los nacionalismos, como no podía ser menos, tienen sus propios dogmas de fe, y quienes se niegan a comulgar con tales ruedas de molino (realmente indigestas) son excomulgados, o desautorizados entre las huestes nacionalistas. Por muy catalanes que sean y se sientan, no son aceptados como tales. Los nacionalistas catalanes, por ejemplo, no tienen empacho en considerar como de los suyos a Joan Tarda, pero Albert Boadella ha tenido que emigrar.
Puesto que la obsesión de los nacionalistas catalanes es la de separarse de España, intentan por todos los medios borrar todo vestigio que consideren español, así el idioma castellano, así las corridas de toros. Dicen que las quieren prohibir por ser un maltrato a los animales y, además, añaden y muchos se lo creen que es una fiesta impuesta en Cataluña. Las ruedas de molino adquieren a veces tamaños descomunales. Pues ahora resulta que los “correbous” no los prohíben. “Es una aberración decir que hay maltrato en los correbous”, alega un nacionalista. “Los bous no son un espectáculo como las corridas, sino un juego entre animal y hombre”, afirma otro nacionalista.
Parece más lógico prohibir los correbous que las corridas, dado que en estas últimas hay arte y épica. El toro es el verdadero protagonista. En los correbous, el toro es un juguete de las masas. Pero estos nacionalistas siempre tienen una rueda de molino a mano.

sábado, 24 de octubre de 2009

Elogio de Savater

En estos tiempos que corren en los que los intelectuales se afanan por ingresar en algún consejo cultural, poniéndose al servicio del poder, para así tener una nómina y gozar, además, de los honores que conlleva el cargo, es de agradecer que alguien prefiera la dignidad que otorga la independencia y diga las cosas tal y como las ve.
Las consecuencias no son difíciles de explicar. Cualquiera puede intuir lo que hubiera sido Fernando Savater en el País Vasco si hubiera comulgado, como los obispos, por ejemplo, con las ruedas de molino que a lo largo de los años ha venido ofreciendo Arzallus. Si Savater hubiera pasado por el aro, como los pusilánimes, probablemente no necesitaría escolta y, además de eso, le hubieran dado medallas y le hubieran hecho homenajes sin fin. Pero como se dedica a intentar sacar los colores a quienes han perdido la capacidad de enrojecerse, se le trata de desacreditar por todos los medios.
Nada de eso lo hace callar. Por ejemplo, hoy ha publicado un
artículo en el que dice que se han acabado los tiempos en los que a quienes se someten a la estrategia de ETA se les llama “hombres de paz”. Se refiere también a la manifestación donostiarra como retrógrada. ¿Qué es eso de “todos los derechos para todas las personas”? ¿Significa que pedían el derecho a matar para todos? Otro de los lemas fue “A favor de la libertad”. En realidad, lo que pretendían los manifestantes era todo lo contrario, o sea la vuelta a la dictadura etarra, la pérdida de derechos, el miedo para todos. Lo que temen es que la gente piense que ETA ha desaparecido o está a punto de hacerlo y de pronto cada uno comience a expresarse con libertad y a darse cuenta de que no hay ninguna obligación de ser nacionalista. Es más, esta opción es una de las peores. Hemos de convenir en que Fernando Savater es uno de los que más empeño ha puesto en acabar con ETA.

sábado, 21 de marzo de 2009

Joan B. Culla y Rosa Díez

Resulta descorazonador comprobar cómo se tratan en Cataluña los asuntos que tienen que ver con España. En este caso, el nacionalista catalán Joan B. Culla i Clarà, ayer día 20, escribió un artículo en la tribuna que le brinda el diario El País titulado Patriotismos y canallas, en el que sin más da por buenas las conjeturas que se derivan de la filtraciones, por el diario en el que escribe, del sumario del caso Gürtel, que, como casi todo el mundo sabe, no debería haber salido del ámbito que le es propio.
Encoge el ánimo comprobar la facilidad con la que se admiten en Cataluña afirmaciones que adolecen del mínimo rigor y seriedad. Cualquier cosa que convenga a la megalomanía catalanista es aceptada sin más. Todo lo que se haga al tiempo que se ondea la cuatribarrada tiene de partida grandes posibilidades de que sea bendecida por la grey nacionalista.
¡Ah!, pero lo que no conviene o no gusta, porque proviene de sectores que no comulgan con las ruedas de molino que ofrecen los nacionalistas, es sometido al más cruel de los análisis, puesto que no se tienen en cuenta más posibilidades que las que inducen a la condena. Así pues, si Rosa Díez se refiere a las transferencias de fondos millonarias a la Generalidad de Cataluña, en lugar de explicar que esas transferencias se llevan a cabo de modo discrecional por el gobierno, porque le conviene electoralmente (motivo éste que faculta a los demás a criticar la medida, también por motivos electorales), el articulista saca a relucir el pasado de Rosa Díez y también lo hace de la forma que conviene al catalanismo. Saca a relucir el pasado de la diputada vasca, pero sólo la parte que le conviene y al tiempo que por ese lado le adjudica una foto fija, por el otro la tilda de ultraespañolista. Hay que ver cómo está el patio y a qué extremos se llegan.
Y después de una exposición tan sesgada, con la que trata de poner a Rosa Díez a los pies de los caballos, trae a colación la frase “el patriotismo es el último refugio del bribón”, que pronunció Samuel Johnson, y pide a los lectores que juzguen por sí mismos.

lunes, 17 de septiembre de 2007

La cuota en los consejos de administración

Resulta que las mujeres se resisten a ser consejeras de cuota, según publica hoy Cinco Días. Aducen para apoyar su negativa que quieren ser elegidas porque lo valen, no por ser mujeres. Y esto me resulta algo sorprendente, por cuanto yo venía creyendo que lo que falta para sentarse en un consejo de administración es tener muchas acciones de la empresa y arte para dar codazos a los competidores. Tengo entendido que la lucha para ocupar los cargos no suele ser nada señorial ni versallesca, aunque a menudo, una vez terminada, los contendientes guarden las formas, más que nada por interés. Teresa de Jesús, cuya valía nadie puede poner en duda (fundó 34 conventos y figura por méritos propios junto a los grandes nombres del Siglo de Oro), no hubiera sido admitida en ningún consejo. Es chocante que ahora que las mujeres pueden acceder a un puesto que solían tener muy difícil, se muestren remilgadas y dubitativas. La torpeza de Zapatero, acerca de esta cuestión, fue la de nombrar igual número de ministras que de ministros, dirigiendo así los focos hacia una dirección, que hacía más visibles a las ministras de cuota que a los ministros tontos. No voy a decir nombres. Hubiera podido nombrar más mujeres que hombres, o incluso dos terceras partes de mujeres y una de hombres. ¿Qué prurito llevó al presidente a nombrar el mismo número de hombres que de mujeres? ¿Por qué no podían ser más éstas? Hay feministas de salón. Si hubiera actuado de este modo, a nadie se le hubiera ocurrido pensar en la cuota, la atención hubiera estado puesta en la calidad del trabajo. Creo que hay pocas mujeres que ocupen la presidencia de las empresas y acaso este detalle constituya la prueba de que no se alcanza el cargo gracias a la capacidad, sino por otros motivos. ¿Cómo se ha podido pensar durante siglos que las mujeres eran inferiores? El hecho de que hayamos comulgado con esas ruedas de molino explica muchas cosas. Somos capaces de descubrir la ley de la gravedad (que no tiene nada que ver con los rostros serios de los consejeros) y no nos damos cuenta de que las mujeres valen igual que los hombres. Hay gente incapaz de captar el mérito ajeno.