viernes, 1 de octubre de 2021

El Rey, en Cataluña

 

Felipe VI ha ido a Cataluña en el desempeño de sus funciones. Lo ha hecho, como es habitual en él, con gran pulcritud y delicadeza. Es un monarca que proporciona mucha seguridad a los españoles, cuya confianza descansa en él, dada la certeza, basada en la experiencia, de que siempre sabrá estar en su sitio. Es muy elegante, educado y muestra un gran respeto a los españoles.

Distinto es el caso del representante del Estado en Cataluña, un monigote maleducado y sin cerebro, habida cuenta de que no ha renunciado jamás ni a un céntimo de su sueldo y no ejerce sus funciones de forma adecuada. No ha acudido a recibir al Rey, como era su obligación, que la aceptó libremente junto con su cargo, sino que interpreta su cometido de forma caprichosa y claramente contraria al espíritu y la letra de la ley bajo la que se cobija. Moralmente es un mamarracho y por mucho que adopte una pose digna, se nota enseguida que lo suyo es ficticio, al contrario de lo que ocurre con el Rey, que exhala majestad en todo momento y circunstancia.

El monigote que preside la Generalidad de Cataluña, como todos los que le antecedieron, excepto el primero, Tarradellas, que tenía un halo razonable, tiene un aire a patán, a ‘Muy Honorable’, como Pujol, que es seguro que avergüenza a los catalanes que conservan el dominio de sí, que no se han dejado arrebatar y enloquecer por el nacionalismo, una ideología nefasta que está haciendo mucho mal en el mundo. Una ideología que aniquila a la persona, para subordinarla totalmente a la idea de nación. Lo ideal es que la persona trabaje en beneficio de la comunidad en la que vive, pero sin dejar, en ningún momento, ella misma. Sin perder la noción de lo que está bien y lo que está mal. Sin olvidar que la mejor protección para los más vulnerables es el imperio de la ley. Cuando alguien se pasa la ley por el forro, como hace el citado monigote catalán perjudica a todos y especialmente a los más vulnerables.


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